Opinión

ACORTAR DISTANCIA

Todos los argumentos que se dieron cita en el primer plano de la actualidad nacional el pasado domingo eran conocidos y a nadie han podido sorprender a estas alturas. El Partido Popular, vencedor por mayoría absoluta en los pasados comicios, estaba obligado a poner en práctica un conjunto de medidas muy difíciles de aceptar para cuya aplicación le facultaban los resultados de las urnas. El país había pedido un cambio y entregaba a los ganadores todos sus potestades para que llevaran a cabo las reformas necesarias que enderezaran una situación en extremo delicada. Por su parte, los sindicatos necesitaban congraciarse con los sectores que le son afines y, tras una larga temporada en silencio complaciente, acudían de nuevo a las movilización callejera para mostrar su desacuerdo con la política conservadora, especialmente divergente de sus deseos en lo que hace referencia a la reforma laboral. Nadie dudaba de que la reforma laboral impuesta por decreto tras el fracaso de las conversaciones entre centrales y patronal iba a ser muy dura, y nadie dudaba tampoco que la respuesta sindical amparada por el primer partido de la oposición sería el intento de tomar la calle.


Pero si bien es cierto que los pronósticos se han cumplido, una vez establecidas las posiciones y comprobadas las distancias que separan a ambos, lo que toca ahora es tratar de acortarlas, porque ni el Gobierno duda de que un pulso con los representantes de los trabajadores trufado de algaradas y paros al estilo de Grecia sería dramático, ni los sindicatos y sus defensores ignoran que forzar la mano en esta situación representaría la antesala del suicidio. Rajoy no puede desestimar la protesta. Pero los que protestan han de ser también conscientes de lo que se juegan.

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