Sánchez y el socio preferente

Sánchez y el socio preferente

Sostiene Sánchez que no vale la pena mantener abiertos los tratos con Podemos hasta ver si el socio "preferente" acaba empatizando con un Gobierno monocolor, de relaciones abiertas, progresista y no dependiente del independentismo catalán.
La ruptura es cosa de Iglesias, según el presidente-candidato, convencido de que aquel está preparando el terreno para poder justificar su futuro voto negativo en la investidura: "Es él quien rompe al convocar unilateralmente una consulta trucada después de calificar de idiotez nuestra última propuesta".
O sea, que en Moncloa creen que Unidas Podemos piensa repetir su insensato comportamiento de 2016 (investidura fallida de Sánchez), cuando se alineó con el PP para tumbar las aspiraciones del candidato socialista a la Moncloa, en aquella ocasión alineado con Ciudadanos (sus 130 diputados, más el de Coalición Canaria, resultados a todas luces insuficientes).
De aquel choque de egos (revisemos la dureza del cruce verbal durante la sesión del 2 de marzo) viene la mutua desconfianza. El propio Sánchez la expresa en términos casi personales: "O se hace lo que él quiere o vuelve a votar no", dice antes de buscar la motivación en la hormona masculina: "No me gustan los vetos pero tampoco acepto las imposiciones".
No sólo la testosterona. También la ideología conspira en el desencuentro de los dos partidos situados a la izquierda del espectro político nacional. Estamos hablando de un partido de Estado, con experiencia de poder, frente a otro de aversión declarada a la Monarquía y al régimen del 78 en general, que no le hace ascos a un eventual reconocimiento del derecho de autodeterminación en Cataluña.
La resultante de todo lo dicho este lunes en la radio por el presidente del Gobierno en funciones y re-candidato a Moncloa es que su ruptura con Podemos nos encamina hacia un Ejecutivo marcado por la debilidad parlamentaria. O, en el peor de los casos, la vuelta a las urnas.
Dado el lamentable panorama de vetos cruzados y egos de andar por casa, solo queda el Gobierno monocolor sobre 123 escaños. O repetir elecciones, que serían las cuartas en cuatro años. Gobierno tambaleante o volver a las urnas. Lo malo y lo peor, como fruto de unas conversaciones a cuatro (en realidad a tres, por el insensato veto de Rivera al PSOE) donde la razón de partido se impuso a los intereses generales. Ante la clase política avanza así lo que los banqueros llaman "desgate reputacional".
Se veía venir desde que las dos condiciones necesarias de la gobernabilidad en esta XIII Legislatura se vieron clamorosamente incumplidas. Una, la disposición de Sánchez a convertirse en el salvavidas político de Iglesias. Otra, la disposición de Rivera a asumir para Cs la condición de partido bisagra.