La zanja de Rivera

La zanja de Rivera

Dice el ministro Ábalos, en su condición de coordinador general del comité electoral del PSOE, que su partido no se plantea vetos iniciales, como ha hecho Ciudadanos respecto a todo lo que queda a su izquierda. Y, por otra parte, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recomienda a los votantes "unirse a los grandes", en clara alusión a los beneficios de un partidismo necesitado de lo que llamamos voto útil.
En todo caso, los dos dirigentes socialistas parecen convencidos de que la virtud está en el centro. Un espacio deshabitado por obra y gracia de la zanja cavada por Ciudadanos justamente donde solo debería haber una frontera de tránsito amable entre PSOE-Cs para votantes de esa "España cabal" de la que quieren apropiarse los expertos electorales de Ferraz.
Lo tienen difícil porque el veto a priori de Albert Rivera (Cs) al PSOE alimenta la polarización y condena a los españoles a elegir entre la horca y la guillotina. O sea, nuevo Gobierno Sánchez apoyado en fuerzas de aversión declarada al orden constitucional o pacto a la andaluza que predica mano dura en Cataluña y abre los brazos al pensamiento reaccionario de Vox. Una de los efectos tóxicos de esa polarización es la fractura entre fuerzas teóricamente dispuestas a defender la Constitución y el régimen del 78.
Del líder socialista, Pedro Sánchez, dice Rivera que "pasará a la historia como el presidente del Gobierno que se alió con los que quieren liquidar a España", mientras Casado y Rivera se apedrean por la primacía del centro-derecha. Y, en línea con la opinión de Rivera, el presidente del PP, Pablo Casado, considera a Sánchez un traidor por aparearse con el populismo de izquierdas y el nacionalismo separatista.
Lo malo es que Sánchez no descarta volver a gobernar con fuerzas contrarias al orden constitucional y al Rey, aunque se queje públicamente de sufrir una doble deslealtad. La de los independentistas, que han sido costaleros de su poder durante estos ocho meses en Moncloa. Y la de la derecha, que le acusa de felonía y de alta traición (Casado dixit).
Malos tiempos para la prédica del ex primer ministro francés y candidato a la alcaldía de Barcelona, Manuel Valls, que hace unos días publicaba una carta abierta a los tres dirigentes de la España constitucional. Su apelación al sentido de Estado de los mismos ha caído en saco roto. Y eso que pedía algo tan razonable como una respuesta conjunta a quienes quieren sustituir la democracia representativa por "momentos decisionistas".
Dicho sea en vísperas de la avalancha de independentistas que se están organizando para caer sobre Madrid el sábado que viene en nombre del derecho a decidir.