Culpables o cómplices

Culpables o cómplices
Buscar culpables o buscar cómplices. Esa es la cuestión. Sánchez ha optado por lo primero y ahora puede pagar las consecuencias. La estrategia se le puede venir encima si los votantes entienden que no ha hecho bien los deberes derivados del encargo del Rey: la formación de un Gobierno estable.
De eso se trataba en el encargo de Felipe VI al jefe de filas del partido más votado. Pero los últimos movimientos de Sánchez parecen más orientados a reforzar su primacía en el bloque izquierdista que a garantizar la gobernabilidad del país.
En esa perspectiva, de liderazgo personal y no de país, la estrategia le ha dado resultados. Ha colocado ante un previsible hundimiento a Podemos y a su líder, Iglesias Turrión, lo cual deja al presidente en funciones como indiscutible líder de la izquierda. Aunque eso no quiere decir que en unas próximas elecciones cambie la suma de socialistas con Podemos. La imposibilidad del trasvase de votos entre bloques es un lugar común.
Si los ritos de apareamiento del PSOE se hubieran orientado desde el principio hacia Ciudadanos, por imperativo de la aritmética parlamentaria y la coherencia política (ideológicamente fronterizos e inequívocamente comprometidos con el orden constitucional), la historia hubiera sido otra, aun suponiendo que Albert Rivera se hubiera encastillado en su veto al sanchismo.
Si Sánchez hubiera hecho propuestas que comprometieran al partido naranja en la gobernabilidad, con apelaciones a los intereses generales, y Rivera las hubiera rechazado, la sensación de partido intratable que le endosa Moncloa (Cataluña como pretexto), ahora se la estaría endosando a Cs (insensible a la razón de Estado). Pero entonces habría salido ganando Pablo Casado, que así quedaría sin competidor en la derecha. Y eso de ninguna manera entra en los cálculos de Pedro Sánchez.
En vísperas de la sesión de investidura, ninguna señal apunta hacia la fumata blanca. Ochenta días después de las elecciones se extiende sobre la clase política la mancha negra de su incapacidad para cumplir con su deber a causa de los vetos cruzados, la pugna de egos y los intereses de partido.
En esas condiciones, nadie puede saber cómo reaccionará el electorado ante una nueva llamada a las urnas, que sería la cuarta en cuatro años.