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Oda al chalaneo

Manuel Orío |

Atlántico | 11 de junio de 2019

Confieso que este chapucero chalaneo en el que se ha convertido la constitución del Gobierno, los gobiernos autonómicos y los municipales, me está poniendo de los nervios. En el siglo XIX, esta incalificable subasta con tenderetes callejeros en que se ha convertido la función política hubiera sido objeto de un cruel y satírico reflejo en todos los periódicos del país. El periodo decimonónico es el paradigma de la caricatura política, y nunca a partir de entonces se han mejorado la calidad de sus memorables ilustradores. Ni en arte ni en contenidos los hay mejores que los caricaturistas satíricos entre el Sexenio Revolucionario y la Restauración.
Desgraciadamente hace mucho tiempo que los medios de comunicación en general y especialmente los periódicos se han desvinculado de sus necesarios quehaceres y han resuelto no mojarse en la crítica no vaya a ser que una  conducta severa en el análisis de los diferentes comportamientos de las clases dirigentes pudiera acarrearles serios prejuicios. Es hasta cierto punto comprensible esa posición, porque
 al fin y el cabo, y tal y como está repartida la baraja, hay que saber nadar y guardar la ropa.
Pero se diga o no se diga, el comportamiento de los partidos políticos en este arco parlamentario múltiple, contradictorio y espeso que nos han deparado las urnas es desolador, y en la búsqueda de acuerdos para establecer gobiernos cada vez tienen menos cabida los intereses de la gente porque la clase política ha perdido por completo la perspectiva y no quiere ni saber qué es lo que el elector quiere. 
Será que los que hicimos la Transición ya somos irremediablemente viejos y, por tanto, caducos en nuestros pensamientos. Pero a mí este comercio infame me produce frustración y desasosiego y me incita a añorar el bipartidismo, un periodo en el que cada uno sabía lo que tenía que hacer, y no había necesidad de abrir el tenderete y recitar a voces el género.
Dicen los expertos en historia política que uno de los periodos más prósperos de nuestro pasado vino con el turnismo: Cánovas y Sagasta sucediéndose en el poder, hasta que llegó la crisis colonial y todo se fue a tomar vientos. Nunca me pareció bien… Hasta que hemos llegado a lo que hemos llegado y estoy asistiendo a este sainete. A la vista de semejante espectáculo, yo me digo que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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