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Norman Foster, los 85 años de un arquitecto de altos vuelos

Atlántico | 01 de junio de 2020

El arquitecto Norman Foster, durante un debate en Pamplona.
El arquitecto Norman Foster, durante un debate en Pamplona.
La crítica internacional destaca al británico como una "superestrella" con métodos de ingeniero

n n n Cuando hoy sople las velas por su 85 cumpleaños Norman Foster seguirá sosteniendo el lápiz que le llevó a convertirse en una superestrella de la arquitectura, la disciplina en la que aún profesa para unir sus impulsos de artista y métodos de ingeniero.
Preguntado en 1991 por la BBC acerca de su edificio favorito, el británico, que era un apasionado de la aviación y había hecho el servicio militar en las Real Fuerza Aérea británica, sorprendió con su respuesta: un Boeing 747. “Destila confianza, estilo, tecnología y es acogedor en una forma en la que muy pocos lo han conseguido”, dijo para justificar una elección que también hablaba de sus ambiciones.
Criado durante más de 20 años en un barrio pobre de la sombría Manchester de posguerra, Foster defendió el pragmatismo de su trabajo, las obras entendidas desde las necesidades de los que las habitan.
También el “hacer más con menos”, una estela que recogió del arquitecto californiano Richard Buckminster Fuller, uno de sus grandes mentores durante su paso por la modernista Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, a la llegó con una beca recién graduado en la Universidad de Manchester. Allí aprendió a mirar y a dibujar, y en su tiempo libre descubrió a grandes arquitectos de la costa oeste como Charles Eames, Pierre Koenig o Ezra Ehrenkrantz, o al germano-estadounidense Mies van der Rohe, figuras a las que hoy se une su foto en los manuales de arquitectura.

DESPEGUE EN INGLATERRA
Con aquel bagaje, Foster volvió a Inglaterra y en 1963 puso en marcha un pequeño centro de arquitectura llamado Studio 4, el germen del actual Foster and Partners, una firma con más de 1.000 empleados y una facturación de más de 250 millones de euros al año.
Estructuras ligeras, fachadas acristaladas o atrios con luz natural fueron algunos de los elementos con los que Foster intentó hacer un poco más poética la arquitectura inglesa de los 60, aún obsesionada con los búnkers de hormigón visto. Su primer gran proyecto, el edificio Willis Faber en 1970, estableció al creador en la órbita de los futuros talentos, y el diseño irracional del centro de artes visuales Sainsbury en Norwich, introdujo su firma en el mundo de la arquitectura cultural.
Sin embargo, el edificio que consagró definitivamente al de Manchester fue la sede del banco HSBC que construyó en 1985 en Hong Kong, 47 pisos con los que consiguió reinventar el concepto de rascacielos y también quedarse al borde de la bancarrota. 
El diseño del Metro de Bilbao (1995), la Torre Hearst de Nueva York (2006), el Ayuntamiento de Londres (2002), la Torre Swiss RE (2004), el aeropuerto de Pekín (2007,) o el Museo Nacional Zayed de Emiratos Árabes (2017), junto con la ampliación del Reichstag en Berlín o la cubierta del Museo Británico son otros de sus proyecto más emblemáticos.
Resumir la máxima en la creación de Norman Foster no se antoja una tarea fácil, aunque el jurado que le otorgó el premio Pritzker en 1999 lo intentó al señalar que “desde sus primeros proyectos, era evidente que adoptaría la tecnología más avanzada apropiada para la tarea”. No obstante, a él nunca le llegó a agradar la etiqueta de estilo “high-tech” (alta tecnología) que se le asociaba. Desde la crítica, generalmente complaciente, algunas voces han sacado a relucir en no pocas ocaciones las contradicciones entre su apetito por los negocios y sus aspiraciones artísticas, así como la estandarización y repetición de algunas de sus obras.n

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