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Ni pizca de gracia

Julia Navarro |

Atlántico | 16 de enero de 2019

No sé si se les ocurre a ellos o a sus equipos de propaganda pero el caso es que no hay día en que los líderes políticos no descalifiquen de manera abrupta a sus adversarios.
Por ejemplo este fin de semana Pedro Sánchez acusaba a Casado y a Rivera de ser los "voxonoros" españoles. Claro que tanto Pablo Casado como el mismísimo Albert Rivera no han dudado de calificar poco menos que de traidor a Sánchez por el contenido de los Presupuestos Generales del Estado.
Esto sin olvidar los descalificativos e insultos que desde Podemos día si y día también dedican a Pablo Casado, a Albert Rivera y a todo aquél que no se mueva al dictado del partido morado. Solo hay que escuchar a Pablo Echenique. Y si eran pocos ahora con los dirigentes de VOX las palabras gruesas han aumentado.
En fin que parece que los líderes políticos que nos han tocado en suerte se manejan mejor con insultos que con argumentos.
En mi opinión esta banalización del lenguaje, este continuo chorreo de insultos, lo único que provocan es un ruido medioambiental a veces insoportable.
Y es que una cosa es defender programas y proyectos con convicción y señalar donde se equivoca el adversario y otro lanzar las "fatuas" que se lanzan los unos a los otros.
No porque el insulto sea más grueso o más ocurrente se tiene razón. Es más yo creo que los políticos cuya principal línea argumental es el insulto, terminan sin ser escuchados. Por lo menos lo que soy yo desconecto cuando escucho a unos y a otros decir frasecitas proagandisticas de grueso calibre.
A poco que se respete a los ciudadanos lo menos que se puede exigir a los dirigentes políticos es que tengan a bien defender sus ideas y proyectos con firmeza sí, con vehemencia también, pero sin insultar a nadie y sin frases que de groseras resultan ridículas.
Los unos y los otros están encanallando la vida política.
A veces pienso que los equipos de propaganda de los partidos tienen una escasa consideración a los ciudadanos puestos que los slogan y las frases que se les ocurren para que digan sus jefes son una especie de competición infantil para ver quién dice la burrada más grande.
A la hora de pensar quién se llevaría el primer premio de tanto desatino sin duda habría que repartirlo entre todos. Sí, todos obtendrían una dudosa matricula de honor.

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