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Ni las armas ni la guerra

José Carlos Fernández Otero |

Atlántico | 20 de enero de 2019

Vi un reportaje que ofreció RTVE sobre el Perú y Sendero Luminoso en el que se recogía a un grupo de niños muy jóvenes y ni siquiera adolescentes, portando armas y marcando el paso militarmente. Entrenándose para la guerra. Me impactó. Pero me da la impresión de que es fruto de una cultura, la actual, en la que mucho se habla de diálogo y paz haciendo real aquel refrán castellano: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”. Una época teñida por todas partes con violencia, sangre e incluso muerte. Es la realidad pura y dura y en ella se ven inmersos los mismos niños a los que además se les ofrecen juguetes bélicos que debieran estar prohibidos, al igual que ciertos videos con los que juegan en la “play station”. Una cultura hipócrita cuando condena cosas que ella misma está promoviendo.
La militarización desde temprana edad es todo un símbolo y los niños portan las armas sin caer en la cuenta de que es un entrenamiento muchas veces conductor de unas actitudes que muy pronto les van a convertir en belicistas. Produce consternación cuando se nos ofrecen las fotografías de algunos terroristas que poco más son que adolescentes. Jóvenes a los que la misma sociedad les ha quemado etapas mentalizándolos y a la vez encaminándolos hacia un negro callejón. Si vemos a esas células sembradoras de terror observaremos su juventud y la lástima que ello produce. Es igual que el caso de la droga. Los verdaderos traficantes están tras el telón ganando dinero y los que la consumen o reparten son los que tristemente dan la cara y sufren las consecuencias.
Y todo esto aconteciendo en países autodenominados civilizados. ¿Qué civilización se les puede ofrecer a estos niños portadores de armas de un peso enorme que les cuesta portar? Así llegan a ser fríos mentalmente ante aquellos que les han dicho que son enemigos. Si por este camino queremos construir un mundo mejor ese supuesto planeta nunca va a llegar. Será ese ansiado Godot que nunca va a llegar.
En aquel reportaje que comentamos al comienzo se veía bien claro cómo se teledirigía a un grupo de muchachos ciegos totalmente y como autómatas en su caminar con las armas en la mano. Algo muy triste para este mundo. Aquello era Sendero Luminoso, pero en realidad son muchos los países que practican una política similar. Por ello el mundo se va curando de espantos cuando ve estas escenas o cadáveres de niños flotando en el mar que les va llevando a las payas. Es la cultura del sinsentido que obnubila a la ciudadanía desde su más tierna infancia.
Y si somos sinceros, es grave lo anterior pero tanto o más los es el hecho de que existan gobiernos con un estudiado plan de educación orientado en un sentido concreto en una manipulación psicológica increíble. Y es así, con la instrucción o catequización desde la infancia, como se consiguen más tarde actitudes incomprensibles, odios generacionales.
Recuerdo una visita hace años a Venezuela y cómo en algunos barrios marginales niños adolescentes o más pequeños todavía pululaban por las calles metiendo miedo al personal con sus intentos de agresión al solicitar ayuda con un gran descaro, fumando puros y droga y mirando a los visitantes con unos ojos vidriados y amenazantes, revelador todo ello del ambiente en el que fueron criados. Los mismos padres, me decían unos amigos, les inducen a actividades delictivas.
Todo un tristísimo panorama que se va contagiando y cuyo final es preocupante y doloroso.

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