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Lamentable desliz

José Carlos Fernández Otero |

Atlántico | 30 de noviembre de 2018

Siguiendo con el sainete del que hablábamos la semana pasada. Hay deslices incomprensibles y que, por venir de quien vienen, su gravedad es mayor. Me estoy refiriendo a la actuación de un señor que, desde la cárcel, está armando jaleos a derecha e izquierda. El tal ex comisario Villarejo pasará tristemente a la historia de este país. El tema de la justicia, con lo tratado aquí el pasado jueves, creo que ya está por mi parte tratado. La segunda de muchas partes que tiene ese sainete del que hablábamos es la reiterada salida a la luz publica del encarcelado Villarejo. Incomprensible lo que está causando este individuo con intervenciones grabadas hace tiempo. 
Tengo muy claro que, a mi modo de ver, son muchos los delitos en los que incurre. El fundamental es la transgresión de su profesionalidad, incluido el secreto profesional al que se debe cualquier buen funcionario. Todos sus conocimientos es claro que los posee en virtud del cargo que ocupaba. ¿Cómo ahora y en virtud de qué ética se permite revelar cosas secretas? Y además, desde la cárcel. Y sin miramientos hacia cualquier personaje sea del partido que fuere. Esto es sumamente grave.
Supone un abuso muy grave de la confianza depositada entonces en él. Al margen de que los casos descubiertos sean muy graves más grave lo es que lo revele alguien que por su oficio lo sabe. El secreto profesional es algo sagrado. Además parece que este señor desconoce el mal que está causando a la sociedad creando esa incertidumbre y crispación de todo punto innecesaria. Y ¿cómo se permite a un preso, condenado por la justicia, que sea en realidad un agitador de la vida pública incluso distrayendo la atención nacional de los verdaderos problemas del país? ¿O acaso pretende él desde la prisión gobernar el país?
Por eso bien creo que el Gobierno tiene en sus manos argumentos más que suficientes para impedirle que sea el personaje del momento en el pueblo español. Ya está bien de sufrir reiteradamente la intromisión del ex comisario en la vida pública. Acaso lleguen a delito los secretos revelados. Pero más lo es que de manera irresponsable se revelen cuando tiene el compromiso serio bajo juramento de guardar lo que sabe en virtud del lugar que ocupa. Bien están las dimisiones por haber cometido esos delitos, pero en lugar de insultos mutuos entre las formaciones políticas creo que procede una ley seria que impida casos similares.
Por otra parte, y como corolario del triste sainete, bien estaría cordura y sensatez a la hora de tratar los medios de comunicación estos temas, porque algunas veces están dando cancha a personajes y a temas que para nada son positivos para el país. Esto y un imprescindible código ético también para los politicos, porque a veces dan la impresión de que todo vale con tal de desprestigiar al rival. Y eso va en detrimento de la clase politica y, en definitiva, de la misma democracia. 
Estamos llevando al país a un punto difícil de descifrar con tanta bazofia y tantos dislates de unos y los otros sin excepción. Después nos quejaremos de la abstención en las elecciones. A los hechos me remito: últimamente en nuestro Congreso y Senado los temas vienen motivados fundamentalmente por cuanto venimos afirmando: horas, comparecencias, discusiones, descalificaciones mutuas y mucho más postergando lo fundamental, que es lo que importa a la ciudadanía. Como si solo fuesen esos los problemas de una nación que desea la democracia y el progreso. Somos muchos los que opinamos que el poder legislativo requiere más seriedad y aplomo.

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