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Fiscal entre fiscales

Manuel Orío |

Manuel Orío | 14 de enero de 2020

Si ayer dije que la peor parada de esta renovación ministerial fue la antigua ministra de Justicia, Dolores Delgado, veinticuatro horas después de semejante opinión no tengo más remedio que envainármela. Dolores Delgado había iniciado con muy mal pie su gestión al mando del departamento y peor aún se puso todo cuando se filtraron las grabaciones efectuadas por los colaboradores del comisario Villarejo durante unos almuerzos políticos organizados en 2009 por él mismo en un restaurante cercano a Cibeles a los que la entonces joven y pujante fiscal acudió de la mano de su mentor y maestro, el juez Garzón, y ofreció inequívocas muestras de tener la lengua muy larga. Villarejo, que nunca se ha fiado ni de su propia sombra, había instalado escuchas en el comedor para grabar todo lo que allí se decía, y grabó algunas intervenciones de la futura ministra quien, en el curso una conversación bien regada y muy jocosa, se despachó a calzón quitado  mostrando una condición irresponsable, burda y faltona que no la hacía precisamente idónea para desempeñar la alta responsabilidad que aquel gobierno que partía de una rocambolesca moción de censura la había adjudicado. Los audios de aquellos almuerzos se colaron en todas las tertulias del país unos meses después de inaugurarse en su nueva cartera, como respuesta a una primera negación de haber mantenido contactos discretos con Villarejo en el tratamiento de ciertas extradiciones. Delgado lo negó y Villarejo dio luz verde desde la cárcel para que se conocieran aquellas largadas que colocaban a la ministra en un lugar sumamente delicado. La todavía fiscal  reconoció a los postres, y en compañía de los imprescindibles licores entre otras muchas revelaciones jocosas que incluían ciertas incursiones de puterío por parte funcionarial, que el maricón era Marlaska.

El presidente Sánchez no ha olvidado los servicios de su ministra, de la que no tuvo más remedio que prescindir porque estaba señalada. La propone como Fiscal General del Estado y tritura de paso el sacrosanto principio de la independencia del poder judicial. Delgado aguantó tras la crisis protagonizada por Huerta y Montón que hubieron de irse a casa por sus pecados, pero fue dos veces reprobada por el Gobierno y una por el Senado. Sánchez vuelve a demostrar que los principios se la traen al pairo.

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