Cartas al director

Dios, rico en misericordia

 Ser misericordioso, compadecerse de las necesidades del hombre es el rasgo típico de Dios. No es pensable una mejor contemplación de la misericordia de Dios que la que se consigue fijando los ojos y el corazón, en Jesús, rostro de la misericordia del Padre. En Él , la misericordia divina se vuelve visible y alcanza su culmen.
El misericordioso se siente personalmente afectado por una desgracia que le es ajena; se aproxima tanto al padecimiento del prójimo que lo siente como propio, se vuelve vulnerable ante la miseria que no es suya. 
Misericordia es, pues, la capacidad de meterse dentro de la otra persona para poder ver y sentir las cosas como las ve el otro,Supone hacerse solidario con un dolor como si fuera propio,Lo contrario del amor es la indiferencia. Mantenerse insensible ante el dolor del prójimo no es una virtud. Ser inmisericorde no solo es tener un corazón de piedra; bastará con mantenerse alejado, impasible, desinteresado, inactivo, frente al sufrimiento del prójimo. Una desgracia que no interpela a quien no la sufre, un dolor que no duela porque permanece ajeno, descubrirían que nuestras entrañas no son de misericordia, como son las de Dios. Es en el  Antiguo Testamento, donde el profeta Oseas hace mención al corazón de Dios:”mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas”.Esta referencia bíblica es el origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Sus entrañas de misericordia lo definen como auténtico Dios. Qu Dios sea rico en misericordia lo hace sensible, delicado, vulnerable, a pesar de ser onmipotente.  Su afecto, tejido de ternura materna, lo lleva a conmoverse, a compadecerse del hombre. Lo que en el Antiguo Testamento  es solo una metáfora-el Dios espiritual no tiene corazón físico- se convierte en una realidad con la encarnación, donde nuestro Señor asume un corazón de carne. Y no sólo es herido metafóricamente, sino realmente en la Cruz. Un soldado le atraviesa con una lanza el costado y de la herida brota sangre y agua. El Corazón de Cristo fue traspasado para abrir en nuestros corazones una brecha de amor por la que Él pudiera entrar en ellos. Y el agua y la sangre que se derraman, son también un canal para que penetremos en su corazón.