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Cinco viajeros y el silencio del 4

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Cinco viajeros y el silencio del 4

Para la chavalería del popular y orgulloso barrio de Monte Alto el 4 significaba el billete hacia la aventura. Esta línea que sale desde el mercado te deja en la estación de autobuses tras pasar por la praza de Pontevedra, seguir hasta Monelos y dar la vuelta en el Barrio de las Flores. Había quien decía "bajo a La Coru" cuando el paseo de menos de un kilómetro se alargaba hasta la plaza de María Pita. Era una manera de reafirmar que A Coruña es Monte Alto, Ciudad Vieja y Os Castros, el resto terreno ganado al mar. También estaba la disputa con Labañou, otro barrio obrero que mira desde la otra esquina de la bahía de Riazor a Monte Alto, pero era poco menos que territorio extranjero, aunque el idioma "koruño" se propagó por las dos orillas.   
Monte Alto cuenta incluso con pasaporte propio, emitido después de que Antón Lezcano publicase una celebrada ilustración con el de Galicia. Rechaza la autoría del salvoconducto para subir a su barrio querido, pero este diseñador CTV (coruñés de toda la vida) con raíces ourensanas regresa a la serie "A un metro" por su aportación a la iconografía y a la autoestima de la tierra. Sobre todo al situar la vaca en el centro la bandera apócrifa de Galicia que muchos estarían dispuestos a cambiar por la oficial, como puede comprobarse en conciertos, eventos deportivos y manifestaciones.  
El 4 suele ir siempre petado, pero a falta de cinco minutos para el mediodía sólo dos mujeres esperan en la parada. Y una da la impresión que está en otro viaje. Es una anécdota, no un reproche. A los pocos minutos llegan el 6A y el 5. "Antes la frecuencia era cada doce minutos, pero ahora es cada media hora porque sólo hay dos buses. Del 5 te digo lo que quieras", comenta el busero al preguntarle si el 4 está de camino. 
"¿Por qué no coges otro para el reportaje?", sugiere un colega que se detiene camino del Mercadona de la calle Panaderas. Porque el periodista nunca se ha subido en otra línea y porque el billete sirve para comprobar el movimiento en la estación de autobuses y en la de trenes el día antes de que comiencen los festivos de Semana Santa. "Claro que tú has ido al cole a Monte Alto", añade entre risas antes de despedirse.  
 A los diez minutos llega el 4. Una de las dos mujeres que esperaban se ha marchado en el 6A, la otra continúa en la parada disfrutando del sol del mediodía. Hay que pagar en efectivo o con tarjeta 1,20 euros que cuesta un billete normal. Después del supermercado, el transporte público es uno de los sitios que más temor al contagio por el coronavirus COVID-19 provoca entre los hipocondríacos. La estampa confirma la apreciación. Sólo hay dos viajeros en los últimos asientos y a una distancia más que prudente. "La gente es muy respetuosa, se porta muy bien", responde conductor al comentario formulado durante el abono del billete. "Yo no tengo miedo, mientras no te contagies ni piensas en ello, pero el riesgo está ahí", añade mientras se pone en marcha. 

sólo habla el conductor
En la calle San Andrés se sube un señor que carga con la edad y unas bolsas y una mujer joven. Los dos llevan mascarilla. Él se sienta en las plazas delanteras, ella busca refugio en las del medio. En todo el viaje nadie habla, como recomiendan hacer en el supermercado para que los asintomáticos no provoquen una faena sin querer. En Juan Flórez se baja uno de los pasajeros de atrás tras practicar contorsionismo para apretar el botón que avisa de la parada deseada. En Juan Flórez se apea la muchacha. Hace un gesto de despedida con la mano al conductor, que responde con un grito. En todo el trayecto sólo ha hablado él. El hombre de las bolsas se va en San Pedro de Mezonzo y en la estación de autobuses se baja el periodista y el viajero de las plazas de atrás. El 4 se encamina hacia Monelos con el conductor y otra persona que acaba de subir.
Un cartel en la entrada de la estación de autobuses avisa de que hay que acceder por los andenes desde que se decretó el estado de alarma. Desde arriba se aprecia que están vacíos. Ni rastro de los habituales buscavidas. Cruzando el paso elevado sobre la avenida Alfonso Molina, la imagen de la estación de tren es similar. Una mujer de la limpieza "aprovecha para lustar lo que un día habitual no se puede hacer", el de seguridad advierte de que "es necesario un permiso de Adif para hacer una fotografía" y un taxista confiesa que gana "uno 20 euros al día, pero llega una chica te echa un piropo y te vas contento". La vuelta, a pie. 

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