DISCULPEN QUE NO ME LEVANTE. CRÍTICA DE CINE

Vaya decepTRON... Legacy

Foto: DISNEY
El espíritu que convirtió TRON en una película de culto y referencia del género para muchos no soporta por sí solo toda la argamasa de pseudometafísica digital, efectos de artificio y luces fluerescentes que es Tron Legacy.

Casi tres décadas han pasado desde que Steven Lisberger vistió a un joven Jeff Bridges con mallas negras tocadas por fantasías fluorescentes y lo lanzó de cabeza a un universo cibernético. Fue una auténtica revolución en la época, tanto desde el punto de vista técnico como desde el argumental, que -hay que reconocerlo- en su aspecto visual no ha envejecido todo lo bien que lo han hecho otras perlas contemporáneas del género (ET, La Guerra de las Galaxias, Blade Runner...).

A Tron Legacy le ocurre todo lo contrario: Es un aceptablemente entretenido festín visual -edulcorado con el ahora ya casi omnipresente poder del 3D- que no cuenta con una base argumental sólida que sujete todas sus virtudes técnicas. Le falta lo que precisamente convirtió en objeto de culto al filme original, el alma.

Y su gran pecado no podemos imputárselo a sus interpretaciones. Recapitulemos: Jeff Bridges siempre cumple, Olivia Wilde adorna lo suyo -mucho más enfundada en látex negro que con bata blanca- y de Garrett Hedlund no esperábamos nada destacable... y nada nos da. Mención especial merece Michael Sheen, en su corto paso por el metraje su personaje es lo único que rompe la monotonía que encajona el previsible devenir de Tron 2. Minipunto para él.

Señalaremos entonces al director, un tal Joseph Kosinski del que hasta ahora no teníamos noticia alguna, y sus cuatro guionistas, mucha cabeza trabajando para un resultado tan poco lucido. Su intento de construir una suerte espiritualidad cibernética con una historia de búsqueda, sacrificio y redención se queda en agua de borrajas. Por no hablar del drama paternofilial. Otro fiasco.

Muchas taras para fiarlo todo a los más que notables efectos visuales y a la machacante música de Daft Punk que le va bastante bien a este psicodélico parque de atracciones digital. Distrae, sí. Pero 28 años después de una película recordada con tanto cariño no deja de ser una gran decepTRON.

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