Un pulpo gigante

Ahora Manchester, mañana cualquier rincón de Europa o de EE.UU. La guerra del terrorismo yihadista parece tener esos dos objetivos como espacios geográficos preferentes. Una cuestión poco analizada y escasamente puesta de manifiesto cada vez que sangramos por la herida del terror generado por los islamistas violentos. Pero es una realidad palpable sobre la que debiéramos tener las claves necesarias, si queremos combatir esta terrible lacra, camino de convertirse en endémica.
Desde el final de la II Guerra Mundial a hoy las diversas formulaciones terroristas han estado presentes en esta parte del mundo, con especial virulencia en Hispanoamérica, España, Italia, Alemania, Reino Unido y, en menor medida, en Francia. Aparecieron como “guerrillas” de índoles políticas e ideológicas, circunscritas a intereses territoriales sin aparente conexión entre ellas. Problemas internos, decíamos, aunque siempre volaba sobre nuestro pensamiento una interrogante crucial: ¿quién o quienes financian estos movimientos?
La respuesta, oficial o no, se centraba en los tópicos de “obtienen los medios con atracos, la extorsión, la militancia oculta”. Pero, cuando conocíamos los recursos y el armamento con que operaban, la sospecha sobre la existencia de otros intereses más potentes e inconfesables se hacían fuertes en nuestra mente. Todos aquellos terroristas locales han desaparecido sin conseguir sus aparentes objetivos políticos, pero dejando tras de sí un reguero de temor incrustado en la ciudadanía del primer mundo.
Curiosamente, cerradas esas sucursales del miedo, coincide en el tiempo la apertura del banco mundial del terror que ahora nos duele. Un fantasma llamado Estado Islámico financia una “guerra” sin cuarteles organizada como un gran pulpo, cuya cabeza se intuye y cuyos tentáculos nos azotan muriendo y reproduciéndose sin aparente sentido. 
Los Gobiernos parecen estar indefensos y resulta lacerante escuchar que todos los asesinos resultan ser “sospechosos y conocidos” pero, finalmente, incontrolados. No logramos entender cómo conociendo la cabeza del gran pulpo, los poderosos Estados son incapaces de acordar su aislamiento económico, armamentístico y, finalmente, su destrucción. ¿Qué intereses internacionales inconfesables oculta esta forma de terrorismo aparentemente religioso? ¿Están las nuevas sociedades condenadas a vivir eternamente con algún tipo de terrorismo sobre sus espaldas?
Intencionadamente he comparado al terrorismo yihadista con un gran pulpo fácilmente controlable y destructible, porque definirlo, como se suele, como un cáncer cuya metástasis parece turbulenta e indefinible nos lleva a sospechar la existencia de poderes ocultos –con mucho o nada que ver con el islamismo violento o el enfrentamiento de civilizaciones-. Nos acerca a la sospecha de que el miedo, también en esta gran sociedad del conocimiento y la información, sigue siendo un excelente recurso de control por parte de todo tipo de poder.