Te recuerdo, Víctor

Te recuerdo, Víctor

Me recuerdo caminando por el amarillento corredor del cuartel militar con un fajo de carpetas apretadas contra el pecho. Al otro lado de las ventanas, las compañías de reclutas sufrían haciendo la instrucción, cargando con aquellos pesados cetmes, soportando el tórrido calor del verano del sur. A dos pasos tenía la sala de banderas donde los oficiales de mayor graduación parecían celebrar algo, aunque también había retazos de discusiones. El televisor permanecía encendido, emitían un documental y le habían quitado la voz. Los militares estaban pendientes de la radio. 
-Se le acabó la cuerda al rojo Allende –dijo uno de ellos cuando yo entraba-. Parece que el golpe es cosa de Pinochet. ¡Con dos huevos! Sí, señor.
El comandante de mi compañía debía firmarme unos estadillos. No participaba de la alegría y me hizo una indicación sorda de que no prestara oídos al ambiente. Me señaló un papel de cuantos firmaba.
-Aquí te has olvidado la fecha. Martes, 11 de septiembre… Mal día para algunos y alegre para otros.
Unas semanas más tarde, Victoriano el cocinero, se presentó en el barracón con una cinta de casete clandestina. Nos reunimos el grupo habitual en torno a mi mesa para escucharla a puerta cerrada. Por primera vez oí su voz y supe su nombre, o eso creo.
-Los golpistas se han cargado a Víctor Jara –dijo Vitoriano cariacontecido-. Dicen que antes le han cortado las manos y han jugado con él a la ruleta rusa…
Enseguida, todos cuanto soñábamos con el fin del franquismo en aquel 1973, quisimos recordar a Amanda, quisimos cantar libres el derecho a vivir en paz, quisimos abrir la ventana sacando pecho… La libertad pisoteada en Chile nos dolía como propia y el tiempo nos fue trayendo noticias de la nueva dictadura militar, tan vieja y habitual en Hispanoamérica. Los cantos de Víctor Jara se convirtieron en parte de nuestra banda sonara, en himnos contra el silencio.
A los tres meses del crimen del cantante chileno, Carrero Blanco fue asesinado viajando en coche oficial.
-Hasta para morir trágicamente –decía el cocinero-, hay clases. En este magnicidio seguro que no han intervenido Nixon y su tropa…
Franco y Pinochet murieron en la cama. Sus herederos disfrutan del botín, el tiempo ha amortiguado el dolor, nosotros conseguimos abrir las ventanas, al otro del charco están mejor pero siguen siendo el corral y la despensa de EE.UU. Víctor Jara no ha podido ver los cambios, su viuda ha muerto sin conocer la sentencia que, cuarenta y cinco años después, ha condenado a nueve militares golpistas asesinos del cantante. Las dos hijas quizás reciban una indemnización pero no han podido crecer con el amor del padre.
Y aún queda disfrutando de su retiro dorado en Miami el jefe de la canalla. Un tal Pedro Pablo Barrientos, a quien protege ese ángel maldito que guarda siempre a los novios de la muerte. Cuarenta y cinco años después la justicia no es justicia. ¿No es cierto, Víctor?