La marioneta

Tengo muy buenos amigos dedicados al mundo del guiñol, afanados en construir marionetas y títeres de todo tipo, a representar funciones de teatro infantil e, incluso, para mayores, siempre ocultos tras las personalidades de los muñecos. Cuando visito sus talleres no puedo evitar una cierta congoja, una sensación inquietante de pesadumbre al ver por todas partes personajes de ficción, históricos, populares, grotescos, animales… que fueron sueños y me observan colgados de sus cuerdas, acostados en estantes, en procesos de reparación o de reconversión. Son como una multitud silenciosa sin alma, sin el soplo de vida necesario para ser algo, alguien en el teatro de la vida real.
Las marionetas, se muevan con hilos o con las manos, representan la debilidad. No son nada sin la voz de sus amos. Sus gritos suenan a ecos huecos de intereses ajenos. Quizás por ello, en muchas ocasiones caemos en la tentación de comparar algunos parlamentos con el taller de Geppetto o de cualquier artesano fabricante de títeres. Tenemos conciencia de darles vida con nuestros votos pero muy pocas veces sabemos con certeza quién o quiénes mueven sus hilos o que manos negras o blancas llevan dentro.
Así vemos hoy al Parlamento catalán, donde los independentistas han escogido a una marioneta para presidir la Generalitat. El designado, Quim Torra, es un títere y, además, conocemos a su ventrílocuo. No sabemos bien quién es el dueño del teatrillo, quién paga tanta locura en la sombra, pero tenemos la certeza - él se ha encargado de subrayarlo en su discurso de investidura y viajando a Berlín para rendir pleitesía a Puigdemont- de que ahora Cataluña está políticamente en manos de un guiñol. ¿Esto es bueno o malo? 
Es absurdo, deslegitima el juego democrático, devalúa el autogobierno y pone en ridículo a todo un pueblo. La farsa del proceso catalán ha alcanzado el más profundo nivel de la miseria política. El disparate no tiene comparación histórica aunque llegue a parecer lógico, por virtual, en este imperio de lo irreal. Ni siquiera vale la pena analizar las contradicciones en las que caen los independentistas. Resultó patético escuchar a Torra gritar en la tribuna: ¡Visca Catalunya lliure! ¿Si no fuera libre podría él ser parlamentario y propugnar la ideología que defiende? ¿Y Puigdemont, podría disfrutar del sueldo de parlamentario catalán siendo un huido de la justicia? ¿Podrían hablar de “restitución” republicana, con el mismo tono e impulso que los monárquicos del siglo XIX hablaban de la “restauración” de los reyes felones?
Y es que, además de libre, aún somos una comunidad de comunidades democráticas, respetuosa con las leyes otorgadas libremente por las mayorías cualificadas de los representantes del pueblo –adecuadas o no, esa es otra historia- y hasta toleramos, no sin preocupación, las incompetencias de los gobiernos de Cataluña y de Madrid. Y en aras de esa libertad, hasta una marioneta puede llegar a ser el “Molt Honorable President de la Generalitat”. Todo cabe en el gran teatro del mundo libre, donde los sueños –Calderón de la Barca, dixit- sueños son.