La caída

La caída de Eduardo Zaplana era una muerte anunciada. La compra del chalet de Montero e Iglesias era un suceso predecible. El apoyo del PNV a los presupuestos del PP era una operación de cambio prevista. El destape de los currículums inflados era un cuento escrito por Borges. La torpe provocación de Quim Torra era un sainete de entre actos del 155. La fuga del rapero Valtonyc, para no entrar en la cárcel, estaba incluida en la sentencia. El cabreo anticlerical de Willy Toledo está en el guion del drama hipócrita de alguna gente de la fe. El fraude de las preferentes ya no es fraude. La nueva burbuja inmobiliaria se está forjando en los alquileres… La caída del imperio democrático parece inminente.
Si nos atenemos a la acumulación de estos sucesos, de la convulsión de falsedades que vive el mundo, dan ganas de salir corriendo y perderse en la soledad de un desierto. Sin embargo, también hasta allí llegarían primero las ratas y luego las noticias. En esta caída vamos a estar todos involucrados. Y no se me diga que esto ha sucedido siempre, que la diferencia reside en que ahora se sabe.
Puede que sea cierto. No hay duda de que la información ya no es poder, es escándalo. Los bien informados conocían los negocios y trapisondas de Zaplana, su enriquecimiento fulgurante y sus intenciones para llenar la bolsa. A medida que han ido pasando por los juzgados los ministros de Aznar, el nombre de Zaplana y la boda de Alejandro Agag con la hija del expresidente, revoloteaban por todas las mentes bien pensantes. Una vez detenido el personaje, acusado e investigado por la justicia, la sorna ciudadana lo coloca en el cajón de los delitos prescritos, en el campo de la impunidad de los ladrones de guante blanco, en el laberinto de los leguleyos… sin cárcel y disfrutando eternamente de la fortuna acumulada. Nada nuevo, excepto el escándalo mediático.
Como también sucede con el chalet de Irene Montero y Pablo Iglesias. ¿Acaso los indignados no tienen derecho a capitalizarse? ¿No son burgueses en su raíz? ¿De qué formación cultural proceden? El problema está en la rapidez del ascenso y que por la boca muere el pez. El salto desde la protesta en tiendas de campaña a la casta ha resultado vertiginoso, escandaloso, mediático. Ahora Iglesias aparece como un general en su laberinto. Actúa con tics caudillistas, con maniobras propias del populismo tradicional. ¿Algo que ver con la izquierda regeneradora, con los anticapitalistas? Simplemente, Iglesias vendió una imagen irreal.
La compra de la vivienda, la sospechosa hipoteca, la jugada para convertir un asunto personal en una responsabilidad política delegada en la militancia, están dinamitando ese retrato falso con el que se encaramó al poder. También nada nuevo bajo el paraguas del juego político habitual. Sabíamos que habría de suceder, porque en los tiempos de la indignación recoger cosechas sin sembrar trigo llena muchos graneros. 
La caída de Iglesias, aunque salga victorioso de la “consulta” a sus bases, era una muerte anunciada. Como la de Zaplana, como los currículums falsos, como las sentencias anacrónicas, como el independentismo de teatrillo, como la especulación global… que nos empujan al desierto.