Fariña

Todas las monedas tienen dos caras. Incluso la propia vida donde no siempre se logra descubrir a ambas. En este arranque del nuevo milenio, a pesar de que el fin del mundo tampoco ha acudido a la convocatoria apocalíptica habitual, tengo la sensación de estar sufriendo el envés de la cara utópica que nos correspondió vivir en las dos últimas décadas de la anterior centuria. 
Miren si no a Carmen Avendaño, presidenta de Érguete –asociación azote del narcotráfico-, sentada en el banquillo, acusada por el convicto Laureano Oubiña de mancillar su honor. O vayan a las librerías y pidan el libro Fariña de Nacho Carretero para que la librera les diga que está prohibido. Que, a instancias del convicto Alfredo Bea Gondar, lo ha secuestrado la justicia por resucitar historias de malhechores.
Verán. Recuerdo entre brumas aquella mañana de diciembre de 1982 cuando Virginio Fuentes, el gobernador socialista llegado de Levante, tomó posesión de su cargo en Pontevedra. En ese momento ignorábamos el importante papel que venía a jugar en la historia de Galicia. Le había correspondido erradicar el tráfico ilegal de tabaco, no solo por cuanto de delito fiscal conllevaba, sino por la simiente que estaba plantando para dar fruto en las redes del narcotráfico.
Por aquel entonces el contrabando del “rubio de batea” era un simple oficio y algunos colegiales no tenían empacho al confesar en las fichas escolares la profesión de su padre: contrabandista. El dinero caía en Arousa como el maná de Moisés en el desierto. Sito Miñanco no había cumplido treinta años pero ya era muy rico. Bea Gondar aún no había alcanzado la alcaldía de O Grove pero soñaba ambiciones. La droga tocaba escasamente las costas gallegas, sin embargo ya era una tentación para los clanes y el nuevo gobernador lo intuía.
El resto de la historia está en Fariña, pero usted no podrá leerla aunque es posible que en la serie de TV3, cuyo excelente arranque vimos el miércoles, descubra el contraluz de aquella cara luminosa en la que, en medio de los estragos humanos, caían alijos, escribíamos reportajes de investigación, las madres se levantaban sobre el dolor de los hijos intoxicados y muertos, la sociedad se convulsionaba distinguiendo diáfanamente entre los violadores de la ley y los conservadores del orden. La justicia parecía estar de parte de la verdad.
La cruz, a la que Virginio Fuentes le puso la proa, también tenía arraigos políticos, más o menos sabidos, que anunciaban la corrupción en los salones del recién nacido poder democrático. En la serie de televisión, producida por Bambú y muy bien dirigida por Carlos Sedes, no tardaremos en ver aparecer nombres que quizás le sorprendan a usted y hasta alteren a algún juez o fiscal. Y si dos convictos han tenido resortes para mancillar el buen hacer de Carmen Avendaño, en la lucha contra ellos, y de prohibir un libro de investigación, qué no podrá suceder con los próximos episodios de Fariña, cuando algunos presuntos inventores de la posverdad puedan sentirse retratados. En el envés de la historia todo es posible siempre. Atentos a la pantalla.