Sin palabras

La vida nos deja mil veces sin palabras. Cuando caen las bombas, cuando mueren los niños, cuando el sufrimiento, el hambre, el dolor, la miseria y tantas otras desgracias causadas por la ruindad humana se suceden sin explicación, sin justicia y sin final. Ni un millón de palabras podría sustituir el sentido de una única lágrima o de una mirada que nos atraviesa el alma. 
El silencio también es elocuente en la felicidad, de modo que no hay mayor amor que el que se recibe en un acto callado, con un beso, un abrazo, un simple roce de la piel o una palmada graciosa en el culo. Los sentimientos más sinceros se transmiten sin palabras, que tienen el defecto añadido de que se las lleva el viento.
“Con solo una mirada” es una canción de Marta Sánchez en la que reconoce que se la puede derretir y sin embargo ahora le ha dado por ponerle letra al himno como reconocimiento personal de su orgullo por España, tal vez por la incapacidad de expresar y compartir sin palabras su fervorosa pasión hacia la patria. Es una decisión personal y una ñoñería a la que no debió dársele trascendencia alguna, ni mucho menos valor patriótico.
Las patrias mal entendidas, las banderas y los himnos, cuando se les da más importancia que la que tienen como símbolos, suelen acabar en enfrentamientos irracionales. Marta puede cantar lo que le dé la gana, especialmente en los conciertos pagados por sus seguidores, aún a riesgo de perder unos cuantos. Pero están de más los actos de adhesión loca -sobre todo de representantes políticos- a una letra ni oficial –menos mal- ni con oficio. 
Que el himno no tenga letra es todo ventajas. Se puede tararear incluso nasalmente, sin abrir la boca. Aunque aun así ofenderá a algunos –cosas que pasan-, la aversión y discusión tienen poco recorrido. Ninguna letra concitaría el apoyo del conjunto de los españoles, ni conciliaría jamás. Ni falta que hace. Quien se sienta orgulloso con las primeras notas del himno, puede henchir el pecho sin proferir palabras que a otros parecerán necias y quien lo deteste por no compartir lo que representa no tiene que cantarlo ni que sentirse aún más asqueado por la que considera una hiriente letra, puesto que no la tiene.
A buen entendedor pocas palabras sobran, Marta. Por lo que se ha visto, como palabra y piedra suelta no tienen vuelta, se ha dedicado demasiada atención a esta tontería, pero sabemos que el poco hablar es oro y el mucho lodo. Superada pues la anécdota, que enseguida enciende a cuatro cabezas de chorlito, tengamos en cuenta que no con palabras sino con migas se llenan las barrigas. ¡Gensanta, qué país!, el que nos deja señor Forges.