Mi culo primero

Si no recuerdo mal, éste o uno muy parecido fue el lema de Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos. Coincide además con la filosofía de vida de no pocos seres de esos que se califican de humanos, que indolentes ante las necesidades y el sufrimiento de los demás llegan incluso a comulgar con la política de sobre conocida de “solo mí culo”. 
Fiel a esta línea de actuación y forma de vida, la política migratoria del presidente americano se compila en dos carpetas sobre la mesa de su despacho oval. Una que contiene las directrices generales de política migratoria y derechos humanos y otra que recoge las actuaciones de asistencia y protección de los migrantes recibidos, denominadas recíprocamente, “me la suda” y “me la pela”.
Siguiendo dichas instrucciones y también improvisando sobre la marcha, el gobierno americano ha arrancado a los hijos de sus padres migrantes, ¿tal vez pensando en quitarles una carga en un momento de gran dificultad? Esta indolencia e indecencia ante el sufrimiento ajeno solo ha cambiado -de cara a la galería- de la mano de las imágenes y los llantos de los pequeños y pequeñas, que saltaron a todos los medios de comunicación. 
Trump, señalado inquisitoriamente por el mundo y por muchos hipócritas también, ha firmado un decreto que permitirá que las familias irregulares detenidas no sean separadas mientras se procesa a los adultos o se formaliza su repatriación. En un arrebato de compasión y comprensión modula su política migratoria de tolerancia cero, permitiendo que las penalidades reservadas a quienes crucen la frontera ilegalmente se disfruten en familia. El infierno les espera a ambos lados de la línea imaginaria que separa los estados, pero al americano pueden ponerle cara, más concretamente morros.
El caso estadounidense no es particular, puesto que en una Unión Europea que se fundamenta y vanagloria en los valores de respeto de los derechos y la dignidad humana, se oyen voces y se producen gestos y acciones de asqueroso carácter xenófobo. La misma Italia consiente dar poder y voz a Matteo Salvini, su ministro de Interior, y desbordada por la afluencia de migrantes desde el Mediterráneo, decide cerrar los puertos a más “carne humana”. Sin negociar políticas europeas comunes ni buscar soluciones conjuntas, arroja el problema a la marea que lleve a estos desgraciados a otras costas o al fondo del mar, materile rile. No son carne de su carne. Son picadillo de carne. 
Decía Shakespeare que lloramos al nacer porque venimos a este inmenso escenario de dementes. Y de mezquinos, ruines y egoístas que piensan solo en su culo primero.