Fallo, “fuck you” y follón

Fallo, “fuck you” y follón

La decisión del Pleno del Tribunal Supremo que revierte la adoptada hace unos días en la Sección Segunda -favorable a los particulares- ha sido un fallo en toda regla. De hecho, muchos medios de comunicación coinciden en titular que el alto órgano jurisdiccional se ha posicionado definitivamente a favor de la banca y ha fallado que sea el cliente quien pague el impuesto de las hipotecas. Aunque parezca increíble, la mayoría de los magistrados creen que deben continuar pagando los de siempre, obviando, tal vez, que la primera justicia es la conciencia. No es una característica habitual de los bien posicionados y privilegiados en la sociedad tener empatía real con el ser humano común.
Esta resolución del Supremo se enmarca en el patetismo que supone revisar el criterio que beneficiaba a los hipotecados después de un proceso que acaparó la atención de todo un país que, casi dando por descontado que el Tribunal cambiaría la resolución, anulando el carácter retroactivo del derecho a reclamar lo pagado por el impuesto de actos jurídicos documentados, no esperaba en absoluto la indefensión total que finalmente supone gravar de nuevo a los que acuden sin remedio a la hipoteca: sujetos pasivos -nunca mejor dicho- puesto que nada pueden hacer. 
El valor del Alto Tribunal se esconde tras este fallo que supone un respaldo al “fuck you” habitual de la banca con sus propios clientes. Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, al que llevará hirviéndole el whatsapp desde el conocimiento de la ahora sentencia inicial corregida, pide disculpas por este inusual procedimiento, atípico en lo formal, pero imprescindible en el fondo. Es decir, que lo siente un poquito en el fondo de su corazón, pero que la responsabilidad de imputar el pago a la banca no ha de recaer sobre el Poder Judicial, sino sobre el Legislador y el Poder Ejecutivo.
Un follón que ha servido a Sánchez en bandeja la posibilidad de utilizar las herramientas normativas al alcance del Ejecutivo, para firmar un Decreto que impone a las entidades bancarias la obligación del pago del impuesto a las hipotecas, anunciándolo circunspecto, con humildad y confiando en las bondades que todos conocemos del sector bancario y a su responsabilidad social para no repercutir este gasto a los clientes.
La medida se debe aplaudir, pero la realidad es obstinada y quien cobra intereses y comisiones por multitud de operaciones, difícilmente afrontará ahora sin consecuencias para el cliente un gasto de esta envergadura. Al final, seguro que la cuenta de beneficios crecerá -incluso a corto plazo- con esta nueva decisión y la capacidad de reinventarse de las entidades financieras. Ya estoy viendo la Hipoteca Suprema y las Tarjetas Confía. Dejen que me ría.