El miedo: síntoma patognomónico de la dictadura

El miedo: síntoma patognomónico de la dictadura

En medicina un signo o un síntoma patognomónico es aquel que por sí solo permite realizar el diagnóstico certero de una enfermedad.

La labor del científico social es como la del médico: observa los síntomas manifiestos de la sociedad, explora los no manifiestos, analiza sus causas, interpreta su significado, establece un diagnóstico y propone un tratamiento. Si está bien formado y entrenado, el científico social diseca por planos, con la meticulosidad y la precisión de un microcirujano, la estructura y la dinámica de los fenómenos objeto de su estudio.

Aunque por su naturaleza el miedo es libre, lo cierto es que, desde el punto de vista político, cuando está presente en una parte significativa de la población es síntoma patognomónico de la falta de libertad y de la dictadura. Y es precisamente el miedo el que, para el investigador experimentado, resulta patente en la actualidad entre los ciudadanos de la Unión Europea, de los Estados Unidos y de otras zonas del mundo desarrollado.

Con ocasión de la publicación en este periódico, el pasado 20 de enero, de mi artículo «Constitución, sexismo, lengua y neolengua», varios lectores me escribieron para felicitarme por su sólida argumentación, al tiempo que me advertían de que la neolengua ya se ha instalado entre nosotros de manera definitiva. Sin embargo; no es esto lo más preocupante, sino que lo ciertamente inquietante es la neoinquisición y la neodictadura que siempre la acompañan —dada su mutua interrelación e interdependencia—, y que son las que traen consigo el temor y el temblor. 

La nueva dictadura es la dictadura de los «débiles», la cual se caracteriza por el imperio de la moral de los esclavos sobre los fuertes señalado por Nietzsche en La genealogía de la moral, y cuyo germen y sostén son el odio, la envidia y el resentimiento hacia quienes poseen algún tipo de preeminencia bien sea por su sexo, raza, inteligencia, orientación sexual, clase social, conocimientos o herencia histórica como grupo humano diferenciado.

Al igual que la neoinquisición, la neodictadura está estructurada como una realidad difusa: no se ubica en un centro ni en una persona concreta, sino que se muestra dispersa y difuminada en múltiples micropoderes. En este sentido, en el presente siglo veintiuno es posible reconocer, entre otras, las siguientes categorías de despotismo: la dictadura de género, la dictadura del delito de odio, la dictadura del sentimiento religioso, la dictadura de las razas no caucásicas, la dictadura de la identidad nacional, la dictadura de la orientación y la identidad sexual atípicas, y la dictadura de los menores de edad. 

Para detectar hasta la más mínima libre expresión contraria a las normas impuestas por estas dictaduras, que constituyen en su conjunto una considerable mayoría, se han creado una serie de observatorios en las instituciones y de grupos de afines en las redes sociales  —que forman parte, todos ellos, de la referida neoinquisición difusa— con la finalidad de vigilar, identificar y castigar a los infractores aplicándoles las leyes elaboradas ad hoc para estos casos o, en su defecto, para estigmatizarlos ante la sociedad por su pensamiento y por sus dichos y escritos. Estigmatización que ocasionará importantes consecuencias negativas a su imagen pública y a sus relaciones personales y sociales, así como al ejercicio de su profesión. Este proceso fue descrito de manera magistral por Tocqueville en La democracia en América, en un capítulo que tiene el revelador título de «El poder que ejerce la mayoría en Norteamérica sobre el pensamiento».

Todos los autoritarismos que he citado, por el mero hecho de ejercerlos los que en sí mismos y ante los demás se sienten, se viven y se muestran como débiles y frágiles, gozan en sus manifestaciones públicas —cualesquiera que estas sean y doquiera y quienquiera que las haga— del privilegio de la presunción de verdad. Es decir; la gente admite como un acto de fe sus planteamientos ideológicos, teológicos o prejuiciosos, no sometiéndolos a la crítica de la razón ni de la opinión.

Estos son los motivos por los que los artistas tienen miedo, los escritores tienen miedo, los editores tienen miedo, los poetas tienen miedo, los humoristas tienen miedo, los periodistas tienen miedo, los maestros tienen miedo, los profesores, catedráticos y rectores tienen miedo, los filósofos tienen miedo… Estos son los motivos por los que los hombres tienen miedo. Y por los que los ciudadanos temen. Temen o ignoran.

Cuando ignoran; no dicen nada. 

Cuando temen; se autocensuran, censuran. Y callan.