La cara B de la vida

La cara B de la vida

Analizando las propuestas de los partidos políticos que han concurrido a las últimas elecciones, sobre la sociedad que pretenden construir de cara a los próximos años, no puedo por menos que volver la vista hacia un hombre Mohamed Yunus, fundador de Grameen Bank y Nobel de la Paz, pionero de los microcréditos que tanto han ayudado a esas mujeres que por haber nacido en Bangladesh son consideradas ciudadanas de segunda. Una injusticia que él ha tratado de paliar proporcionándoles los recursos necesarios para emprender una nueva vida. Y la han emprendido, vaya si la han emprendido, porque la verdadera libertad te la da la independencia económica, pero también poniendo cara a la invisibilidad de la injusticia social.
Yunus, a sus 75 años de edad, dice que se niega a aceptar que sean otros los que le jubilen, al menos mientras mantenga la mente tan lúcida como la tiene. Pero no solo eso, lo que más le duele a este visionario de la economía social no es solo que le consideren un florero de lujo, sino que a los mayores les envíen a sus casas con ayudas sociales miserables, cuando lo que hay que proporcionarle a la gente, tenga la edad que tenga, es un trabajo digno, que estÉ en consonancia con su preparación, experiencia, y capacidad. En un momento de su vida, que él define como la cara B.
Una propuesta con la que se podrá estar de acuerdo o no, pero que sería interesante estudiar en un país como el nuestro en el que la madurez y la experiencia se castiga, se castiga tanto que son muchos los que a partir de los 50 les resulta imposible encontrar un trabajo digno. Qué digo digno, un trabajo, con el que hacer frente a sus necesidades económicas y de futuro, convencida como estoy de que el trabajo dignifica a las personas, siempre y cuando no se les explote. Han leído bien, explotación es que un padre de familia gane 500 o 600 euros al mes.
Vivo en un barrio de Madrid que podría considerarse de un nivel medio alto, en el que la mayor parte de la población va envejeciendo al mismo ritmo que va aumentando el número de restaurantes, cafeterías, centros comerciales. Muchas de esas personas viven en casas de alquiler, cuyo propietario es un banco. Hasta aquí todo bien, el problema surge cuando a los porteros de toda la vida, de no más de 50 años y sueldos que van de 1.200-1.300 euros, les han despedido -finiquitándoles lo que marca la ley-, no porque no cumplieran con su trabajo sino para contratar a otros más jóvenes, con menos experiencia, pero por la mitad de sueldo, y un contrato máximo de un año.
Me lo contaba uno de ellos, con el que suelo tomar café de vez en cuando, llorando como un niño, consciente como era de que sus perspectivas de futuro se las han truncado. Una situación que no parece conmover a quienes presumen de bajar el paro, sin decir el tipo de trabajo al que se enfrenta la gente, las condiciones laborales que tiene que aceptar para que no les corten la luz o el agua.