Visitando museos

He vuelto de Madrid con la mochila llena de argumentos tan atractivos como dispares. Me gusta acudir de vez en cuando a mi pueblo para catar nuevos aromas que en Madrid poseen una característica especial. Son una sabia mezcla de raso velazqueño, combustible quemado, espliego y fritanga algo así como un bouquet compuesto de mil y una fragancias que le da gusto al guiso y acelera el mecanismo del olfato. Siempre tiene uno la posibilidad de compartir tertulia con algunos personajes especiales capaces de contar ciertas cosas que otros no pueden contarte, y se adquieren experiencias tan atractivas de primera mano  que hacen los viajes interesantes.
En Madrid siempre tiene uno la posibilidad de conocer un museo especializado en materias poco habituales y me ocurrió a mí hace unos días acudiendo a uno recoleto y hermoso que está próximo a la basílica de San Francisco el Grande en el que se revisa la historia capitalina desde el remoto pasado de la era cuaternaria hasta los años finales de la presencia árabe, en el último tramo del siglo XV, para emparentarlo con el que se sitúa en lo que fue en su tiempo Real Hospicio y hoy es el museo de la Villa que guarda en su sótano una espléndida maqueta del Madrid de 1830 construida por un coronel del cuerpo de Ingenieros, topógrafo y cartógrafo llamado León Gil del Palacio que era catalán como muchos otros personajes notables que en ella vivieron y que han dejado  una noble huella impresa en su callejero (se me ocurren de memoria, el alcalde Alberto Boch, Pedro Castelló médico real, el escultor Agustín Querol, el militar y político Juan Prim, el catedrático y parlamentario Francisco Pi Margall, el pintor Mariano Fortuny o el dibujante Antonio Mingote) por si los independentistas catalanes se ven asaltados por lamentables lapsos de memoria.
Me tengo por un entusiasta de los museos, especialmente aquellos más modestos y locales que se esfuerzan en  preservar la memoria de la ciudad a la que sirven y en la que se hallan. En Madrid los hay adorables, llenos de cosas que mostrar y en su mayoría, municipales. Proyectan un vivo interés, se abren a materias curiosas y rinden homenaje a las generaciones que nos precedieron y a su imprescindible legado.
Hace algunos años, un grupo de nosotros manejamos la posibilidad de crear un museo honorable especializado en Vigo y por desgracia fracasamos. Los museos de Vigo no son, francamente, nuestra mejor tarjeta de visita y solo el de Castrelos pasaría la criba. Reflexionar sobre este hecho no sería mala cosa.