Una historia más

Una historia más

Como todas las cosas carentes de sustancia, la historia de Puigdemont se está desvaneciendo entre los dedos incluso de sus propios fieles. Puigdemont es en realidad un accidente. Un sujeto de perfil bajo, personalidad vacilante y muy poca sustancia al que la Historia ha colocado en este lugar de rebote y ha designado como instrumento para el desarrollo de diversas estrategias en las que el ex presidente de la Generalitat actúa desarrollando el papel de tonto necesario. Por tanto, su intervención en este escenario en el que le han introducido diferentes razones que de él nunca dependieron, se agota en la medida en la que va dejando de hacer falta. La prueba más evidente es que ya hay pública y severa disensión en sus filas y de que comienza a ser dulcemente  olvidado en la medida en que su presencia en este cuento insensato comienza a resultar prescindible. Dentro de un tiempo razonable, alguien pronunciará distraídamente  ese dramático “¿Puig de qué…?” y el propio devenir de las cosas le dará un frío adiós cerrando sin ceremonia el portal de su costosa residencia de la histórica ciudad de Waterloo donde Napoleón fue derrotado por los casacas rojas del duque de Wellington, detenido y embarcado sin más ceremonia en un navío rumbo a su definitivo destino: la perdida isla de Santa Helena donde el emperador falleció con cincuenta y dos años recién cumplidos.
Puigdemont tiene ahora cincuenta y cinco años, es decir tres más que Napoleón en su lecho de muerte, y se prepara para pasar al olvido con la levedad que el destino depara a los actores secundarios. En realidad no ha hecho mérito alguno para desempeñar ningún cargo de entidad ni tiene la solvencia necesaria para capitanear nada. Salvo su habilidad para expresarse en varias lenguas -sin duda en la que peor se expresa es en castellano- poco hay en su bagaje que pueda resultar valioso. Como periodista, apenas pasó de redactor jefe de un modesto diario catalanista sito en la provincia de Gerona de la que es natural, y como político fue alcalde de esta ciudad en una época en la que ocupar un cargo de esta naturaleza tampoco es para tanto. Su presencia en el panorama político nacional es la demostración fehaciente de que vivimos en tiempo de políticos mediocres. Sin personalidad, sin talla, sin prestancia y sin grandeza. 
Su residencia belga le espera como le espera la nada. Dentro de unos años nadie se acordará de él y cuando los turistas españoles lleguen a Waterloo y pasen por su casa se preguntarán cómo se llamaba el tío aquel que fue presidente de algo. “Ah, ya recuerdo, -dirá alguien- Carles Pujol y jugaba en el Barça”.