Una apuesta de bigote

Una apuesta de bigote

Hace un par de semanas me jugué con un par de amigos y en una apuesta cervecera, mi bigote. No suelo hacer estos disparates poniendo en juego una pieza esencial de mi apariencia pública que data del tiempo en el que los Beatles pusieron a la venta su icónico “Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, pero en este caso, el envite estaba muy calculado. En lo del bigote, estábamos en el verano del 68, y sus autores se habían dejado crecer el mostacho sospecho que para aparentar con más propiedad el corte de unos personajes ficticios adoptados por ellos y de premeditado perfil victoriano. También yo me lo dejé crecer y desde entonces no ha tenido más que una interrupción en ese medio siglo de permanencia, y tan ridículo y desnudo me encontré sin él que volví a dejarlo al día siguiente de haberlo cortado.
Esta hubiera sido la segunda ocasión si Alfred y Amaya se hubieran clasificado entre los cinco primeros del Festival de Eurovisión, pero tan seguro estaba de que tal circunstancia no se produciría que no me tembló el pulso ni un minuto. Estaba tan seguro de que la pareja representante de España en el festival estaba condenada al ridículo como seguro estoy de que el Real Madrid va a ganar el sábado la Liga de Campeones. Son pálpitos que no tienen fundamento científico alguno, pero responden a la aplicación del sentido común en el análisis de las jugadas. El mismo que le falta al sujeto este llamado Quim Torra que han colocado en la presidencia de la Generalitat y que está ofreciendo gestos y dando muestras en las primeras horas de su mandato de que tiene irrefrenables deseos de que lo llame el juez y le muestre el camino de la trena. Pensar que Amaya y Afred podían gozar de alguna oportunidad para salir con bien de la prueba era como creer en hadas o en la solidez ideológica de Pablo Iglesias ahora que es dueño de una mansión de lujo en La Navata. En eso no cree ya ni Kichi. Y en hadas solo creyó un sujeto tan candoroso como Conan Doyle al que unos desaprensivos le vendieron a precio de oro una colección de fotografías sobre hadas que estaban trucadas.
Pero no es que me basara yo en el mamoneo que habitualmente determina el país ganador en el certamen que también. Sino en el interés de la pieza presentada y la solvencia de los intérpretes que son como John Lennon y Yoko Ono pero al revés. En este caso, la buena es ella y él es, como cantante, un verdadero desastre. Ambos cantaron además una canción sin el más mínimo interés, bañada en un almíbar empalagoso, si bien la de Israel que ganó era incluso más mala. Total. Conservo mi bigote que es de lo que se trata.