Todos los tiranos

Todos los tiranos

El ineludible tribunal de la Historia acabará determinando que Maduro es un criminal porque su mandato está cubierto de sangre. Es un sujeto mentiroso y charlatán al que nadie perdonara en los años venideros porque un régimen que lleva casi ochenta muertos -por el momento- que necesita de esos cadáveres para mantenerse, y que ha secuestrado los derechos de los que disfruta el pueblo soberano por el mero hecho de serlo no puede ser juzgado con benevolencia. Debe ser juzgado como se merece, aunque su policía política, sus servicios secretos, sus espías infiltrados entre la disidencia, sus cárceles, su imperio del terror, su desprecio por las instituciones y su violencia, le den un tiempo.
Nicolás Maduro es un hombre sin conciencia que se ha zambullido en el torbellino en el que se sumergen los tiranos de opereta. Sospechando de todo lo que le rodea, imaginando planes contra él, soñando despierto, inseguro, atormentado y cada vez más frágil, el guagüero al que el destino puso al mando de un país tan delicado y tan desequilibrado como Venezuela, ha ido perdiendo pie hundiéndose en sus propios argumentos desde el mismo día en que fue designado sucesor del pintoresco caudillo en el que derivó el golpista Hugo Chávez cuya alma aseguraba Maduro se le aparecía para ofrecerle consejo en apariencia de pajarito. Los militares –que en Venezuela quitan y ponen gobiernos, consagran o descabezan presidentes, ordenan leyes y las derogan- sostenían interesadamente a Chávez porque era uno de sus iguales y les trataba como reyes, pero nadie dice que vayan a mantener a su sucesor por muchas prerrogativas que les ofrezca y por mucho que les haya aumentado el sueldo. Pero si bien el futuro de Maduro en la más alta magistratura de su país está en manos de los cuarteles y cuando los cuarteles le retiren el saludo se irá por el terraplén, su actuación ya no puede ser disculpada por el mundo y se ha convertido en una malvada caricatura y en una imagen perversa que debería recibir el tratamiento adecuado de las instituciones internacionales. Es uno de esos tiranos de la canción   que se abrazan como hermanos exhibiendo a las gentes sus calvas indecentes aunque Maduro sea por el contrario un palomo muy alto, de cabello tupido y bigote de morsa al que el tiempo ha terminado arrinconando muerto de miedo y agonizante, tirando tornillazos salvajes, matando y muriendo cada día para salvarse de la quema. No le queda mucho, pero este momento final va  a ser un infierno.