Todos al tiempo

En tiempos anteriores, los artilugios que solían ponerse de acuerdo para estropearse eran  los electrodomésticos. Cuando comenzaba a fallar la lavadora cundía el pánico en el hogar porque era señal inequívoca de catástrofe. Como por regla general todos se habían adquirido al mismo tiempo, todos se estropeaban en cascada y de este modo perverso iban desfilando uno a uno tras el primero en averiarse. Abría plaza la lavadora y en catarata le sucedían el lavaplatos, la nevera, el televisor, la cocina eléctrica, la aspiradora y el termo sumiendo el hogar en un caos del que solo se podía salir firmando letras. En definitiva, una horrorosa tragedia.
La parte positiva de este desastre residía en la propia capacidad del género. Salvo aisladas excepciones, los aparatos se construían para resistir mucho tiempo incluso en condiciones extremas, y por tanto, el cataclismo llegaba tras muchos años de honrado servicio sin tacha ni mella. Recuerdo aquellas aspiradoras alemanas que sobrevivían incluso al dueño, o aquellas neveras que había que prescindir de ellas no porque no cumplieran, sino porque se habían quedado atrás y los nuevos modelos de la marca  llegaban al mercado con tantas prestaciones que parecía obligado cambiarlas. Unos electrodomésticos razonables podían durar tranquilamente quince años y resistían aún pasados de moda como fieras. Recuérdese el chiste de catalanes muy afín a la época: “Jordi, cómprame una tele nueva –le dice la mujer al marido- Pero bueno, Montse si ya tenemos una –contesta él- Sí, pero es que ahora las hacen en color”…
Hoy, además de los electrodomésticos que duran la mitad, los que se ponen de acuerdo para fallecer al tiempo son los artilugios alimentados por las nuevas tecnologías cuya vida es escandalosamente efímera y si en tres años no se estropean, al menos se vician, se saturan, se bloquean, se descargan, se ralentizan o pierden funciones hasta el punto de que hay que tirarlos igualmente. Los sofisticados cachivaches que se han convertido en parte innegociable de nuestra vida, están pensados para durar un determinado momento y fuera de él se acabó su trayectoria. Teléfono móvil, tableta wifi, ordenadores, pendrives y todo un interminable abanico de sofisticados cachivaches caen fulminados como las fichas de un dominó colocado en cadena y no vale la pena llevarlos a que se arreglen. Les pondrán un parche transitorio para alargar inútilmente su agonía. Las máquinas nos sirven pero no nos aman. Y se empeñan en hacernos la puñeta.