Segundos fuera

Como quiera que el asunto catalán y el modo en el que los políticos nacionalistas se conducen me produce un asco infinito y no estoy por la labor de dedicar a semejante personal ni una línea más de mi tiempo hasta que llegue el 1 de octubre y sepamos como termina este espectáculo desventurado y grotesco, me he sentado a meditar sobre el contaminado universo de la denigración y la impostura y me ha venido a la mente no solo Puigdemont y esa incalificable caterva que le acompaña sino otros fastos de la actualidad como ese combate del siglo  que han mantenido el ya retirado y en su tiempo extraordinario Floyd Maywether y una especie de gladiador romano de salvaje apariencia llamado Conor McGregor que, en persecución de una fortuna difícilmente calculable, han saltado a un ring para enfrentarse en un singular combate que se plantea en los mismos términos de insana trasgresión de la lógica que la bandera de Puigdemont y sus huestes independentistas. Manipulación, engaño, deshonestidad, insulto, vileza… Todo ello se ha dado en la Barcelona torturada y obtusa que se fue a la calle siguiendo a los indignos que dijeron defender “a sus muertos”, y en la arena de Las Vegas en la que se ofrecía una bufonada sin corona ni cetro que disputar y en la que solo se dirimía quién se llevaba más dinero.
El boxeo fue un noble deporte, bruto pero sincero, practicado por gentes que venían de lo humilde y que siempre –y doy fe de ello- se portaron como valientes y como deportistas entregados y honestos. He conocido personalmente -y de ello me enorgullezco- a un ciento de boxeadores que me han enseñado humanidad, dedicación y respeto. Los he visto trabajar en el gimnasio, hacer de la camaradería y la amistad una bandera, los he visto levantarse al alba para correr, para sudar, para estar en forma y dar lo mejor de ellos mismos en un cuadrilátero. Pegarse hasta la extenuación y abrazarse el uno con el otro con las cejas partidas y las narices como berenjenas… Pero el boxeo y los que lo gobiernan han sido también muy aficionados a pegarse un tiro en el pie y a introducir elementos que lo han desvirtuado ciscándose de paso en la memoria sagrada de los viejos y queridos campeones. Esta pachanga entre un boxeador jubilado y un peleador de esa abominación sanguinaria que se llama UFC cuya única sabiduría boxística consiste en pegar con todo lo que en el boxeo está prohibido por el reglamento, es uno de esos actos disparatados para acabar de hundir el noble arte que sabios de esta disciplina como Oscar de la Hoya han tratado de impedir a sabiendas de que un espectáculo tan grosero era una palada más en el ataúd que se lo lleva a la tierra. Pobre Cataluña. Y pobre boxeo.