Pongamos que hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid

Hace en Madrid un frío que pela y sus calles, azotadas por el cierzo serrano y la cortina transparente y gélida del aguanieve, transmiten una impresión sombría como de infinita nostalgia, con sus árboles pelados y sus ciudadanos embozados en capuchas y bufandas caminando a toda prisa mirándose las puntas de los zapatos y a la búsqueda de un refugio en el que pedir un café con leche con el que entrar en razón. Don Diego Velázquez, aquel pintor tan coqueto él con sus bigotes de guías al norte y perilla de mosca que llegó de Sevilla y que era medio portugués, se empeñó en pintar como nadie el viento que aclaraba la capital desde las cumbres de Navacerrada, pero cuando sopla de allí y además llueve, ni el buen don Diego ni Cristo que lo fundó tienen habilidades suficientes para borrar la melancolía en las calles de la Villa y Corte.
Con todo y con eso, con el frío que te deja tieso y se entremete por entre las botonaduras del capote, el carácter de patio de vecindad que persigue el debate político en el Madrid crisol de situaciones y cita de personajes y personajillos, no ceja. Aquí siempre hay un boca a boca, nunca falta la violación de un secreto, el comentario irónico, la confidencia o, un paso más allá, el infundio por las buenas. Viene esta inmensa y paradójicamente deslumbrante villa manchega sembrada de mentideros, aunque el convento de San Felipe fuera derribado finalmente en la esquina de Arenal para dar paso a la Casa de Correos y se acabara de un plumazo con el más representativo de todos ellos donde dicen que don Claudio Coello buscaba modelos que pintar y Quevedo se atusaba el bigote y buscaba pendencia. Ahora los papeles principales se los reparten la señora Carmena, su radical tratamiento del centro, la guerra doméstica que se está librando en su propia casa, sus concejales y los del PSOE que no se soportan y mantienen el pacto colgado de un hilo, el golfo de Granados, la delicadísima situación de Cifuentes y la trifulca que gana enteros entre el PP y Ciudadanos  que puede acabar en ruptura. A Rajoy los pensionistas le han puesto mirando a Cangas, y entre el cerco que le han tendido los viejos desde las calles hartos de unas pensiones que no suben ni siquiera acordes con el índice del nivel de vida, y el acoso que en respuesta a sus desprecios le está enseñando Albert Rivera, se las están haciendo pasar morenas. Como dijo Sabina que tiene cara de poeta satírico del Siglo de Oro, pongamos que hablo de Madrid.