Pocas sorpresas

Si dijera que nunca pensé en asistir a unos hechos como los vividos ayer en Cataluña tendría que hacerlo con la boca pequeña. Llevo muchos años advirtiendo del dramático camino que estaban adoptando los acontecimientos y me acuesto hoy con la conciencia tranquila porque no he sido yo nunca un sujeto entregado y complaciente. Mi posición en este completo disparate que concluyó con la aprobación de la República Independiente de Cataluña en el curso de un plenario cuyas imágenes parecían obtenidas del peor de los parlamentos imaginados en cualquier vieja república detrás del Telón de Acero, no ha variado ni un ápice y ha sido exactamente igual de enérgica antes y ahora. Ello me ha creado pasajes profesionales y personales traumáticos, y he tenido que soportar muchos y muy dolorosos reproches, calificativos injustos  y pesadas bromas. Bueno. Pues ya está aquí y nadie que tenga criterios sólidos e intelectualmente bien pertrechados podía imaginarse otra cosa. La Cataluña secesionista, dramática, mentirosa y recurrente, la Cataluña  chantajista, estúpida y ciega, la manipuladora y rencorosa, la injusta e insolidaria, ha acabado imponiéndose. Aunque el acto de constitución de su independencia sea una burda e intolerable payasada.
La Cataluña que ha proclamado con carácter unilateral un estado independiente es también la Cataluña de la desigualdad, del mamoneo y del latrocinio. La que se cree mejor que los demás, la que observa por encima del hombro a los que nos considera inferiores, la repugnantemente homófona, la ilícita, la paleta y la golfa. La peor Cataluña posible ha dicho que se separa. Ya digo. A  mí, por sorpresa lo que se dice por sorpresa, no me ha cogido.
 Pero tras los primeros momentos de euforia y tierno regocijo esta carnavalada infame acabará su efímero recorrido ante la fuerza de la razón, la ley y el derecho porque no tiene otro modo de acabar que en muerte por inanición. Clausuradas con carácter inequívoco las puertas de Europa y puestas en la carretera las medidas legales y democráticas con las que cuenta la robusta maquinaria de un Estado de Derecho, esta aventura pueril morirá antes de llegar. Frente a ella y para eso está la presencia sin fisuras de los partidos mayoritarios firmes y por una vez plenamente de acuerdo. Pedro Sánchez compareció ayer como un perfecto hombre de Estado eliminando con una intervención medida y sincera todos los resquemores que sus actuaciones anteriores habían suscitado, Albert Rivera mostró  la mejor cara de la Cataluña  sólida y serena que a todos nos gana y nos enamora. Y Mariano ha sido y sigue siendo un presidente del Gobierno con toda la barba. Ante un grupo así, cualquiera rival se condena.