Papeles cambiados

Papeles cambiados

Se acerca el verano, y con estos continuados soponcios que nos ha deparado la política en las últimas semanas, se nos ha ido el santo al cielo y nos va a pillar desprevenidos para enfrentarnos a una época del año feliz por decreto en la que parece que las penas y los sinsabores están abocados a diluirse entre los pliegues de las inmensas bondades que la estación nos depara. 
Sospecho que el primer individuo feliz que va a plantearse sobre la marcha un verano de los de antes es Mariano Rajoy, al que acompañará su núcleo duro, los elegidos de Sanxenxo que lo son por vocación y tiempo de fidelidad y que, muy lejos ya de los oropeles de la Moncloa y la Cámara de los Diputados, se organizan como se organizaban los veranos en los viejos tiempos. Cenas con sangría, conversaciones hasta las tantas con puro y gin-tonic, ambiente distendido y risas sin trabas mientras Pedro Sánchez se recuece en su nuevo destino cambiando la toalla y las chanclas -el año pasado a la altura de septiembre, el hoy presidente se dejaba fotografiar con su mujer, ambos luciendo bronce y cuerpo, en las playas más emblemáticas del sur de España- por el maldito aire acondicionado del despacho presidencia del que no va a poder salir ni para mear, mientras los delegados del llamado  grupo Frankenstein que no todavía gobierno, aporrean la puerta preguntando insistentes “qué hay de lo mío”. Ahí es nada, el presidente Sánchez poniendo en práctica todo lo que de teoría tiene su discurso, ese que dice que se va a poder entender con los independentistas catalanes sin concederles ni una de sus peticiones. Sin los políticos presos liberados, sin los de la diáspora de vuelta en casa, sin el reconocimiento del derecho a decidir y sin la proclamación de la independencia catalana. A mi la ecuación no me sale y no sospecho ni lejanamente cómo se las va a arreglar el nuevo presidente para lidiar este morlaco, pero el hombre fuerte de ahora mismo que es Ávalos dice que es posible y que hay maneras de arreglarlo.
El caso es que al que le toca sudar ahora para casar el sudoku es al que el año pasado le sentaba tan divinamente el traje de baño -y a riesgo de ser decapitado y colgado por los testículos por machista diremos que a su mujer más aún- mientras que Mariano es otro. Sanxenxo, ahí vamos.