Páginas refrescantes

Páginas refrescantes

Por mucho que los tiempos cambien y las sociedades evolucionen vertiginosamente –se ha avanzado más en el último siglo y medio del ser humano que en todo el tiempo anterior desde los egipcios a los albores del XIX- el verano continúa siendo un martirio para los periodistas como lo era antaño, y los planteamientos con los que sus redacciones afrontan el gran bucle en el que ya estamos inmersos no ha variado mucho en la aplicación del sistema, aunque nadie publique ya ecos de sociedad celebrando con alborozo la llegada a esta villa de distinguidos veraneantes.


Como lector, padezco un particular estremecimiento cuando me enfrento a ese compendio de páginas -necesarias en su mayor parte por compromisos publicitarios y otras esclavitudes económicas- que suelen etiquetarse como “refrescantes” y en las que a uno le enseñan a hacer sopa de pepino con yogur, a tomar el sol con las precauciones necesarias o a apreciar las ventajas de montar en bicicleta. Cuando yo comenzaba en este oficio, algunas de las jornadas más tediosas del tórrido ferragosto solían remendarlas las agencias de noticias con un parte sobre el avistamiento de platillos volantes o criaturas olvidadas como el impagable monstruo del lago Ness. Pero los lectores de ahora están mucho más avisados y hay que hilar muy fino para garantizar su divertimiento sin necesidad de tomarlos por idiotas. La serpiente escocesa lleva ya mucho tiempo sin asomar la cabeza, y las naves de otros mundos deben estar en huelga. El caso es que no hay noticias ni de bichos antidiluvianos ni de contactos en tercera fase.


De todos modos, la temática sigue estando necesariamente subrogada por el tiempo que procede y a las serpientes marinas han sucedido los debates sobre el complejo estío culinario y las nuevas propuestas sobre los manteles que ahora, y teniendo en cuenta los productos de temporada y lo cerca que está el mar, nos han tomado a todos por japoneses. Y si uno no acaba de ilusionarse por consumir el pescado crudo ya es considerado como una antigualla, tosca y sin gusto, un sujeto chapado a la antigua sin la mínima cultura culinaria. A mi madre, por ejemplo, sería de justicia considerarla como  una pionera porque se comía las sardinas crudas y a mí se me revolvía el estómago de solo verlo. Hoy estaría dando clases probablemente en el Basque Culinary Center aunque yo siga sin tener vocación de consumidor de una dieta que podría compartir con mi gato.