No entender nada

Hace muchos años, cuando decidí dedicar una honorable parte de mis afectos personales a unos sujetos llamados los Beatles, me propuse de paso desentrañar los misterios de la música hindú, adoctrinado sin duda por la pasión que por ella sintió súbitamente George Harrison. Si un personaje tan bienquerido por mí como el beatle George había conseguido identificarse profundamente con aquellas armonías tan complejas partiendo del encuentro casual de un sitar de adorno arrinconado en un set de rodaje, no debería yo tener serios problemas para averiguar qué existía  detrás del manto hipnótico que el maestro Ravi Shankar tejía tañendo aquel condenado instrumento. Dicho y hecho, un buen día, en soledad y en la penumbra de mi casa, encendí sándalo, me puse en pelota, me fumé algo de lo que no debía, entorné los ojos y me preparé a sentir la influencia mística de aquellas misteriosas armonías colocando en el plato de mi tocadiscos un LP compuesto por doce ragas, con Shankar al sitar y Alla Rakha a la tabla. Huelga decir que, a la tercera raga, estaba yo prácticamente inconsciente, se me habían dormido las piernas de tanto tenerlas cruzadas, me dolía la espina dorsal y lo que es peor, no había entendido una palabra del lenguaje musical utilizado por aquellos dos caballeros. Retiré el disco, me vestí, me lavé enérgicamente el rostro, me bebí una cerveza fresquita y no hubo más nada. Hoy sigo admirando a Harrison con frenesí, y escucho de muy buen grado sus incursiones en el pentagrama hindú, aunque, si he de ser sincero, prefiero otras cosas.
Esa misma sensación que sentí antaño con el sitar y la tabla, me ocurre ahora cuando me convierto en espectador de esos programas dedicados a la divulgación de nuevas tendencias, especialmente cuando sus contenidos se  dedican al arte actual, a las actividades ofimáticas o a las dos cosas a la vez pues ambas temáticas vienen con frecuencia cogidas de la mano. Del mismo modo que me encontraba a mí mismo como un imbécil cuando intentaba destripar los secretos de la armonía hindú, me veo ahora, con los ojos como platos delante del televisor, sin saber lo que dicen dos jóvenes presentadores manejando un lenguaje que me suena a búlgaro o quizá indostano. Es culpa mía, pero los que entienden  de todo esto debería apiadarse de nosotros.