Medidas desesperadas

Medidas desesperadas

En esta tierra nuestra que apura la tregua del estío, las cosas no siempre son de color de rosa por muy utópicos que nos estemos poniendo y muy poéticos que sean todavía los atardeceres sobre todo si el sol se oculta detrás de las Cíes. Por ejemplo y ante la sorpresa generalizada, el mes de agosto nos ha dado el disgusto padre con el turismo como inesperado y avieso aliado. Las cosas como son, nadie esperaba un agosto tan infame, con una bajada a pico del turismo y un descenso sonado del empleo en un mes en el que el empleo suele dar muchas alegrías aunque sean estacionales. Este agosto es el peor que se recuerda desde 2011, y los datos que nos ofrecen y que han pillado a la ministra Valerio con los rulos puestos apuntan hacia un principio de recesión que el Gobierno habrá de estudiar con el mimo y la aplicación que semejantes cifras demandan. El mes más gustoso del verano se ha cerrado con un paro que ha crecido en 48.000 personas, una afiliación a la Seguridad Social que nos aproxima a las peores cifras desde 2.008, y una cifra total que se asoma a la puerta del infierno, los tres millones doscientos mil parados. Líbrenos Dios de cruzarla porque entonces no hay retorno.
Esta situación sorprendente  e indeseable debe inspirar necesariamente una reflexión profunda por parte de un Gobierno que nunca había imaginado que una siesta en los laureles no solo produce estos tremendos peligros sino que no puede disculparse. Nuestra situación socio-económica, la de un país recién recuperado de la crisis y por tanto, con un escenario muy inestable y en el filo de la navaja, no puede permitirse ni un descuido porque las cifras se descabalan a poco que no se controlen. Y eso es lo que le está pasando a Sánchez, al que su llegada a la Moncloa le ha llenado de una inmensa satisfacción y le ha cegado desgraciadamente la necesaria aplicación para no interrumpirse ni distraerse ni un segundo, cuestión en la que ha caído Sánchez enfermo a lo que parece de autocomplacencia. Y eso no se lo puede permitir.
Sánchez se ha marcado un Gobierno de diseño que, sin embargo, se ha olvidado de lo cotidiano. Y vienen los disgustos. Adriana Lastra, la propia ministra Valerio y varios portavoces más tratan de quitarle hierro a la cosa. Pero el algodón no miente.   Y el algodón sale tiznado.