Los juegos de azar

Los juegos de azar

Tenía yo una amiga que nunca jugaba a la lotería porque pensaba que un dinero que cae del cielo de este modo tan aleatorio no puede ser bueno. Sospechaba que si jugaba y le tocaba el Gordo entraría en un proceso depresivo promovido por el efecto de la conciencia y aunque yo me permití el consejo de que destinara el importe a obras de la caridad una de las cuáles podría ser yo mismo, jamás se avino a ello. No jugó nunca y no tuvo que enfrentarse al muy complejo dilema de repartir lo ganado, la situación que hubiera tenido que afrontar en caso de obtener premio. Duerme tranquila y tal día como hoy sigue siendo para ella igual que ayer o que el día siguiente al sorteo.
No es mi caso, evidentemente. Mi situación es por completo distinta. Yo sí juego, yo si estoy deseando que me toque el Gordo y yo sí sabría qué hacer con el dinero, pero tropiezo con una dificultad insoslayable: mi mala suerte. De modo que nunca me ha tocado nada ni en una barraca de feria. Jamás he conseguido acertar un número que fuera objeto de recompensa y mucho menos una combinación de varios de ellos, ni un caballo que ganara una carrera, ni una lista de catorce partidos de fútbol que acertaran una quiniela, ni el nombre de un galgo corriendo tras una liebre de pega, ni siquiera una línea de bingo cuanto menos un cartón entero. Es verdad que no soy lo que se dice un jugador, pero estoy seguro que si lo fuera tampoco conseguiría nada. Tal es mi mala sombra para estas cosas del azar que no me tocaría nada ni jugando solo.
Por fortuna, los que estamos tan absolutamente negados para que les bendiga la suerte en forma de aciertos en juegos y sorteos solemos mostrar una endiablada facilidad para encontrar argumentos de consuelo y así, solemos sospechar que ya es bastante fortuna estar vivos y gozar de una salud razonable para andar pidiendo que a uno le toque la lotería. Llega y sobra con sobrevivir y contemplar el amanecer del día que viene. Era lo que decía George Harrison cuando le preguntaban cómo se las habían arreglado los Beatles en sus inicios con un bajista tan incompetente como Stuart Sutcliffe: “Mejor es tener un bajista malo que no tener ninguno” respondía Harrison con su lúgubre humor norteño. Eso digo yo también y añado que el que no se consuela es porque no quiere hacerlo. Yo por ejemplo.