Lo que enseñan los concursos

Lo que enseñan los concursos

Los concursos de televisión, si algo tienen que ofrecer lo cuál es incluso dudoso, es la percepción de que estamos en una situación cultural deplorable. Existen multitud de espacios que basan toda la consistencia de su guión en formular preguntas de una exigencia relativa a los participantes, y en una buena parte de ellos las respuestas desarman. Conocido es este espacio reciente en el que una pareja  de jóvenes aspirantes a obtener un jugoso premio no fue capaz de identificar la pregunta sorpresa con nuestra guerra civil, y ninguno de ellos lo consiguió tras una catarata de pistas convirtiendo el momento en viral que es como se dice ahora. Acabo de asistir a otro de estos concursos en el que se ofrecían también abundantes rastros para identificar un instrumento oculto, uno de los cuales afirmaba que se había inventado y puesto en práctica a finales del siglo XVIII. Dos de los concursantes respondieron que podía ser la máquina de escribir. Así estamos…


Pero esa permanente y desoladora sensación de despropósito que asoma a estos programas de televisión en los que, por otra parte, el que los gana se lleva una pasta, debería servir  también para que las autoridades responsables de los diferentes departamentos de educación y cultura que pertenecen tanto a la Administración central como a los gobiernos autonómicos, se permitieran un punto de reflexión. No es casual que, a día de hoy, jóvenes universitarios confundan al rey Alfonso XIII con el rey Alfonso X el Sabio, ni ignorar el nombre de pila del Gran Capitán es un hecho aislado. En mi modesta opinión, los escolares de tiempos pretéritos estaban bastante más duchos en cultura general que los actuales, a los que su inclinación por las nuevas tecnologías ha invitado a olvidar argumentos primordiales que antes poseía un simple estudiante de enseñanza general básica.


Entre los errores sospecho prácticamente irreparables que ha propiciado el  nuevo orden de las administraciones autonómicas el peor es la transferencia a  cada una de ellas de las competencias de Educación. Una decisión de esta naturaleza es un disparate que no solo ha reducido de forma considerable el nivel de erudición de las jóvenes generaciones sino que ha convertido un periodo tan trascendental para la formación de estudiantes en un auténtico caos susceptible además de ser manipulado. Hemos hecho muchas bobadas en este camino de redención. Pero ésta supera a todos.