La última alegría

La última alegría

La victoria del Real Madrid en Kiev ha tenido, en lo que a mí corresponde al menos, un efecto balsámico. Comprendo que baste leer los titulares elegidos por la prensa de Barcelona como purga de su frustración, para comprender que la conquista de la decimotercera no les ha gustado lo que se dice nada. Los periódicos de Barcelona son más crueles en sus apreciaciones que los egipcios -estos llaman carnicero a Ramos, pero los otros van mucho más allá- y desde luego, aparecen mucho más dolidos y frustrados que la propia prensa inglesa que es muy sensata. Si alguien siente la curiosidad de pinchar en la red la versión digital del “Liverpool Echo”, comprobará que el prestigioso diario del Mersey es mucho más respetuoso con los rivales del equipo de casa que los periódicos deportivos catalanes, aunque ese abominable comportamiento no es ya una novedad y pone de manifiesto la pataleta que les causa un triunfo del Madrid y el ayuno europeo al que ellos se ven abocados cada año.  El británico reconoce la superioridad del Real Madrid, no hace sangre de su portero y aconseja a los suyos rascarse el bolsillo en el mercado de contratación de este verano. “Cuando Klop se quedó sin Salah, -dice el “Echo”- miró a su banquillo y solo encontró la alternativa de Adam Lallana que llevaba seis semanas sin jugar. Cuando el Liverpool empató, Zidane llamó para resolver el partido a un astro como Gareth Bale. Ahí está la diferencia ¿Quieres ganar la Liga? Paga. ¿Quieres ganar la Champions? Paga igualmente. ¿Quieres tener un equipo que pueda ganarle al Real Madrid? Paga”
El triunfo será la última alegría que le queda para endulzarle este mes tremendo al presidente Rajoy que es tan madridista como yo mismo según la confesión que me hizo personalmente hace ya algunos años. Rajoy se ha quedado sin amigos en el Parlamento seguramente porque él mismo se lo ha ido buscando con sus sorprendentes decisiones, especialmente cabalísticas las que definen su relación con Ciudadanos. Nada más indescifrable que este trato otorgado a Albert Rivera, el único que podía respaldarlo y del que lleva meses distanciándose y ninguneando. Rivera, que sabe la debilidad casi incurable que aqueja en estos momentos al jefe del Gobierno, no va a auspiciar la disparatada moción de censura que propone Pedro Sánchez, pero su benevolencia no va a pasar de ahí. Comprensiblemente dolido y harto de los desplantes del presidente, tiene la posibilidad de demostrarle a Rajoy que ha hecho muy mal en no contar con él, que se ha equivocado al preferir un acercamiento con Sánchez, y que se las va a hacer pasar amargas. Solo un adelanto electoral conseguiría desbloquear este trance.