La plaza de la concordia

La plaza de la concordia

La muerte del maestro Forges, al que tuve en gran estima y en el que me inspire no pocas veces para tratar de otorgarle equilibrio y descanso a mi sentir, ha planteado no pocas situaciones difíciles de resolver no solo en el periódico para el que dibujó una gran parte de su vida y en el que siguió publicando hasta el último día, sino a millones de personas que consideraban a Toño Fraguas una especie de plaza donde coincidir a la hora de que los españoles tratáramos de entendernos. Su periódico –que en cualquier caso ya no es el que era y su particular desconcierto le estaba produciendo algunos quebraderos de cabeza- ha resuelto de momento su insustituible pérdida, adjudicando esa parcela a El Roto y ocupando la de El Roto con una de esas fotos periodísticas que ni acaban de servir para nada ni suelen tener más aplicación que llenar un vacío con dudosos resultados. El otro problema, el de las miles de personas que se han quedado sin el consuelo que transmitía su humor tierno y comprensivo, hecho para sugerir, para inspirar y para aportar serenidad y concordia, es mucho más complicado de resolver como le refería yo hace un par de días a su hermano Rafa y entrañable amigo mío, delante de una taza de café y un vaso lleno hasta los bordes de melancolía en una mesa del Círculo de Bellas Artes.
Avanzar en la construcción de rutas con las que los españoles de un lado y de otro –esas dos mitades malditas que le helaban el corazón a don Antonio Machado-  pudiéramos coincidir de un modo apacible y sincero, es una misión para la que no todos estamos listos pero para la que Antonio si lo estaba. Y no solo estaba preparado para ello sino que estaba legitimado porque aportó toda su voluntad, su sabiduría, su arte y su cariño en este endemoniado asunto de ayudar para que todos pudiéramos llegar a comprendernos. Unos días después de Forges, se murió Antonio García Trevijano, un sujeto curioso que le escribió una Constitución a Macias y que, tras participar en el consejo privado de Don Juan y presidir la llamada Platajunta, acabó soñando con ser presidente de la III República. Si las cosas se hubieran dado de esa manera y hubiéramos  amanecido republicanos, mi voto desde luego sería para Fraguas que podría haber encarnado la figura de un personaje de consenso capaz de satisfacer y enternecer a todas las tendencias. Rafa de contaba que en una maratón de Tokio un equipo de corredores participó con un chiste suyo impreso en la camiseta. ¿Hay quien dé más?.... pues eso.