La balada del clarividente

La balada del clarividente

Hay personajes en la reciente historia de España que parecen dotados de una habilidad especial para sortear las exigencias a las que sus comportamientos deberían someterlos. Uno de esos ejemplos cuya capacidad para resistir ileso los avatares de un destino que podía haber sido con él mucho más severo es Miguel Ángel Fernández Ordóñez, un tipo gris y menudo que el destino colocó en puestos de notable relevancia en virtud de Dios sabe qué razonamientos, y cuya actividad en semejantes responsabilidades no fue precisamente ejemplar ni estuvo libre de errores de cálculo y  valoraciones de lo más chapucero que, paradójicamente, no le pasaron ninguna factura. El hermano menos listo de la saga fue el Gobernador del Banco de España al que le explotó la crisis en las manos sin que se enterara de nada ni por supuesto administrara las órdenes necesarias para hacerle frente. De hecho, no solo nada le ha pasado por las desventuras de su gestión al mando del organismo regulador de la Economía nacional sino que a estas horas, cinco años largos después de que estallara la crisis, se vanagloria de ser uno de los pocos que se encontró en posesión de la clarividencia necesaria para detectarla. Sospecho que como era tan bajito, nadie ni siquiera el entonces presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, le hizo caso. El gobernador del Banco España con su trajecito gris y su mirada mansa de perdiguero debió pasar completamente desapercibido.
Ejemplos como los de Miguel Ángel Fernández Ordóñez, espejo y referencia impagable de  superviviente, han abundado en esta España nuestra que nunca ha tenido una gran habilidad para atribuir  responsabilidades y preguntar por ellas a aquellos que no han sabido cumplirlas como es debido. Nuestro devenir histórico es rico en episodios  dudosos en los que algunos de los que han cumplido bien y han sido leales y honestos acaban tundidos a palos y otros que han hecho gala de petulancia y desacierto salen ilesos, no se ven obligados a responder de nada y lo que es más doloroso, se jactan más tarde  de ellos. Luego van y lo cascan que dirían Mota. Fernández Ordóñez es de ellos.
Su ausencia de previsión, su desastrosa lectura de los hechos, su tibieza y su deliberado declinar de propias competencias ostentando además el cargo que ostentaba que convierte al que lo ostenta en el verdadero juez de las finanzas españolas con capacidad y poder real para  gobernarlas con habilidad y competencia, le costaron al tesoro público 60.000 millones de euros en el rescate a un sector bancario que estaba quebrado y de cuya quiebra ni supo ni quiso saber. Con su inapreciable colaboración, Zapatero se la comió entera y verdadera.