La autoridad competente

La autoridad competente

Lo bueno que tiene estos de ser periodista es que te encuentras accediendo –incluso sin merecerlo si me apuran- a interlocutores que te cuentan historias de primera mano a las que el resto de la gente muy difícilmente tendrá acceso. Uno conoce personajes de toda condición, se lucra del diálogo y termina recibiendo confesiones y confidencias de primera magnitud. Y aunque quizá no puedan publicarse por razones obvias, sí le quedan a uno dentro.
Acabo de leer unas valerosas declaraciones  de Joan Manuel Serrat sobre el  independentismo catalán en las que el veterano autor que vuelve a la carretera, descalifica el “procés” con palabras críticas,  sonoras y muy severas. Simpatizante de una izquierda moderada y próximo al modelo del euro-socialismo clásico, Joan Manuel es un producto muy fiel de la emigración que conformó en la Cataluña de la posguerra una amplia colonia trabajadora habitando asentamientos periféricos de la gran ciudad conservadora y burguesa, cuyos pioneros procedían de Aragón en gran parte pero también, y sobre todo, de la muy lejana y deprimida Andalucía.  Él es hijo de catalán y aragonesa, muchacho de suburbio con inquietudes culturales y deseos de mejora, estudiante de Formación profesional,  ansia de libertad y carácter inconformista que comenzó a cantar en catalán como medio para encauzar su protesta cuando cantar en catalán podía costarle a uno pernoctar en el talego, y a cuyas tesis le fue fiel incluso en momentos muy concretos. Presionado por los colectivos catalanistas, renunció a interpretar la canción española en el Festival de Eurovisión con la que su sustituta Massiel ganaría finalmente aquella edición del certamen de 1968. Aún debo tener por casa un single con la versión de “La,la,la” que hizo para promocionar el tema.
Serrat ha sido una de las entrevistas fallidas más rotundas de mi vida y la recuerdo con infinita tristeza. Acudí a entrevistarlo, lo encontré de un humor de perros, yo tampoco estaba especialmente lúcido, y aquello acabó siendo un diálogo para besugos que se escenificó  a toda prisa en un careo insípido y breve. Años después, se lo conté a un amigo común, sé lo trasladó a Joan Manuel y me trajo la respuesta lógica. Que no se acordaba de nada pero me rogaba disculpas por ello. Es un grande, un ejemplo, un hombre cabal y sincero y un tipo al que hay que tratar con el mayor cariño y el mayor respeto. Y tiene autoridad suficiente para proclamar que el “procés” no es más que un trágico cachondeo.