La ardua tarea de los expertos

La ardua tarea de los expertos

Del mismo modo que los exégetas del parlamentarismo se han de aprestar a establecer un argumento lógico que consiga explicarnos a todos los que contemplamos la política desde la barrera cómo un partido independentista con seis diputados y siete senadores puede ostentar la llave de la gobernabilidad del país, y cuenta además con la fuerza suficiente como para exigir bajo amenaza unos presupuestos que le favorezcan, cambiar la mayoría de la cámara sin pasar por las urnas, y obligar a los entrantes a conservar los mismos presupuestos que le favorecen para acceder al Gobierno, los expertos en el estudio del comportamiento del ya ex presidente, habrán de ponerse al trabajo de encontrar una explicación coherente a su actuación postrera. No soy yo un experto en la complejísima ciencia del “marianismo” -que no se estudia en las universidades pero que posee materia suficiente para ser desentrañada en titánica tarea que solo pueden afrontar gentes competentes- pero la historia dirá en las próximas generaciones por qué no dimitió Rajoy cuando pudo hacerlo y por qué no eligió para su dimisión un marco de bonhomía que le pega mucho, tomando como ejemplo al rey Amadeo que, una vez despachada la carta de despedida, que escribió probablemente su esposa porque él hablaba muy mal el castellano, salió a la calle y se dio un paseo por el Prado fumándose un puro y saludando sombrero en mano a todos los asombrados transeúntes que se encontraba por el camino. Tras ello, se fue a comer al Café de Fornos, reunió a su familia y todos se fueron a la embajada italiana para preparar la marcha. El ya dimitido monarca y los suyos se bajaron a tomar un taco en la cantina de la estación de Alcázar de San Juan de camino a Cartagena en democrática mezcla con el resto de los viajeros.
Mariano decidió no dimitir, se fue a comer el día de autos a un restaurante amigo, y se tomó un par de gin tonics a la salud de Pedro Sánchez renunciando a aparecer por el Congreso cuando se dirimía su suerte suprema. Lo hizo ya avanzada la mañana, para despedirse al día siguiente. Sospecho que este singular epílogo de su carrera política pudo muy bien ir por otra senda con una dimisión a tiempo. Pero, como no soy “marianista”, tampoco lo doy por cierto. Ya me lo contarán los expertos.