Había una vez un circo

Había una vez un circo

El espectáculo ofrecido por el grupo independentista catalán con su presidente a la cabeza es tan deplorable que,  a eso de las cuatro de la tarde, yo ya había decidido desvincularme del patético deambular de las instituciones independentistas y dedicarme a otros menesteres más nobles. Que un país democrático en todas sus instituciones tenga que pasarse un día entero a remolque  de los caprichos de una banda de impresentables esperando a ver de qué lado cae la pelota es demasiada exigencia. Son muchas horas de sufridos televidentes asomados a la pantalla aguantando los desplantes de un entramado político indigno. Escuchando rumores y contradicciones, convocatorias que se fijan y se suspenden sin la menor explicación, amagos, dudas, y silencios. Hay en esta jornada de ayer un aire de caricatura, un recuerdo al circo, una desconsideración insoportable. Y además, se nota, se palpa, se siente, el amargo regusto del miedo. A Puigdemont  le recorría el espinazo el calambre eléctrico de un escalofrío.
Hace mucho tiempo que ha hecho cama un concepto que habitó entre nosotros y cuya solvencia es lícito poner en duda no solo hoy  cuando estamos asistiendo al baile del “pasito palante María y el pasito patrás” sino mucho antes cuando hubiera sido deseable hacerlo. Llevamos años manejando la necesidad ineludible de que Cataluña se sienta confortable, de que no advierta ninguna inconveniencia, de que se considere amada. Todo ha estado destinado a no incomodar a los catalanes, a considerarlos los más guapos, los más cultos y los más ricos, a no darles disgustos y nadie ha tomado nunca decisiones no fuera el diablo que los catalanes se enfadaran, se sintieran  presionados y tiraran por la calle de en medio. “No vaya a ser que se lo tomen por la tremenda y se enfaden que esta gente enfadada es una cosa muy seria” se dijo. Personalmente no acabo de comprender la raíz última de esta larga y enfermiza complacencia que ha permitido desde una interpretación falsaria y deleznable de la Historia hasta el gasto indiscriminado y sin control, la ausencia de fiscalización e incluso un tratamiento descaradamente favorable en varios frentes incluyendo el deportivo. Todo, menos irritar a los catalanes.
Ayer asistimos a un día vergonzoso instruido en el seno de una república bananera. Fuimos víctimas de una inaceptable falta de respeto, de una vergüenza y de un vituperio. Tras años de tolerar a Cataluña aquello que ha querido hacer faltando de paso el respeto al resto de los españoles, hora es ya de preguntarse. ¿Y quién se ha ocupado de no disgustar gratuitamente al resto?
Pues nadie que yo sepa.