Gobierno y selección

Gobierno y selección

Tal y como se ha puesto el panorama político, lo normal y natural es hablar o escribir del Gobierno. Lo hace todo el mundo entienda o no, y la posibilidad de opinar sobre la capacidad de los nuevos ministros se ha extendido de tal modo que ha triunfado incluso sobre las conversaciones del Mundial que deberían tener incendiadas las redes y secuestradas las tertulias tanto en las teles como en los bares. Todos -incluso los que no entienden nada de fútbol como un amigo mío que suele preguntarme por qué hay un sujeto con un silbato en el campo que viste distinto al resto-  llevamos un seleccionador nacional dentro, pero también vamos a terminar llevando un Pedro Sánchez, a la vista de los intensos debates que ha suscitado el conocimiento de los nuevos gobernantes y los cálculos sobre cómo se sustanciará su futuro comportamiento.
En mi caso, y tras muchos años de brega y no poca y compleja relación con la clase política, he llegado a la conclusión de que corre de más cuenta discutir sobre fútbol y especular en torno a la suerte de nuestra selección en el Mundial de Rusia a la que despidió Maxim Huerta, nuevo ministro del ramo, abjurando por fuerza de todo lo dicho y escrito anteriormente. La selección nacional, en tránsito hacia   Krasnodar, ha tenido la dudosa oportunidad de poner en evidencia tanto al nuevo presidente como a su titular de Cultura y Deporte, o quizá convendría decir que fueron ambos los que se pusieron en evidencia ellos solos por la maldita manía que siente mucha gente por abrir la boca cuando nadie se lo pide ni es necesario hacerlo. A Huerta le han sacado los colores con una recua de tuits de lo más inconveniente en los que expresa, sin que nadie se lo pida, todo lo que le inspira el deporte que no es precisamente agradable. Lo de Sánchez fue incluso más desagradable. Juzgó muy duramente al portero español antes de que se demostrara su participación en cierto asunto desagradable y, una vez exculpado, De Gea le retiró el saludo. Ha tenido que pedirle perdón antes de ir a despedirlo y uno supone que, si en vez de portarse ambos como dos colegiales zangolotinos hubieran sido sensatos y comedidos, ahora no tendrían que pasar un mal trago disculpándose nada más estrenarse. Después de ello, con que acierten gobernando estarán perdonados. Y yo, al fútbol que es lo mío.