Gane quien gane

Cuando el domingo los militantes socialistas decidan definitivamente quien quiere que los mande en los próximos años, dependerá del elegido integrar al perdedor o mandarlo directamente a su casa. Nunca digas nunca jamás pero el perfil de los candidatos resulta revelador para resolver esta trascendental incógnita capaz de diseñar el PSOE de los próximos cinco años que equivale a diseñar también la política española. Dos de los protagonistas de este duelo a tres bandas traslucen un carácter integrador y todo paree indicar que si los ganadores son Susana Díaz o Patxi López  la ruptura está más lejana, pero si el que gana es Pedro Sánchez más vale que los que han salido derrotados de las urnas se vayan preparando. Hay mucha inquina y mucha frustración en el comportamiento de Pedro Sánchez y mucho deseo de venganza oculto en el interior del poderoso armazón de un sujeto que nunca antes se había atrincherado pero que a estas alturas está empeñado en convertir el viejo y largamente centenario PSOE en una sucursal de Podemos. Sospecho que entre la marca verdadera y una imitación casi improvisada que es la que Sánchez defiende, el elector se va a quedar con la que considera más cierta. A Pedro Sánchez le han revolcado las urnas sin ningún miramiento pero está tan enfrascado en hacérselas tragar a los rivales que le disputan el cargo en su propio partido que no va a dejar títere con cabeza.
Hay en los mentideros de Madrid –cuyos animadores ya no se pasean en derredor del patio exterior de San Felipe el Real como en el siglo XVI pero que siguen manteniendo su vigencia- una hipótesis que mantiene la posibilidad de que si Sánchez pierde haga un Macron. O quizá, y teniendo en cuenta el espacio político que desearía ocupar a la izquierda del PSOE convencional, mejor sería decir un Mélenchón inventándose un partido de inspiración comunista y respuesta radical muy en la línea del pensamiento que parece caracterizar a Pedro Sánchez y que nunca antes había aflorado en un sujeto de estirpe universitaria, entorno familiar acomodado y pedigrí burgués al que la ira ha ido empujando poco a poco hacia las trincheras. 
Sea como fuere, el PSOE está hoy irremediablemente partido en dos mitades que son, como poco, irreconciliables. Han discutido con frecuencia incluso a bofetadas, y tras las votaciones no parecen dispuestas a firmar un armisticio gane quien gane. Menos, si gana Sánchez.