El tío de la pandereta

El tío de la pandereta

Este mundo turbulento del siglo XXI que se apretuja debajo de un paraguas esperando que escampe es también un mundo  proclive a enfermar de autocomplacencia generando por tanto  un escenario supranacional  capaz de amamantar ángeles y demonios a partes casi iguales y a crear también mitos que se desmoronan en cuanto alguien mete un dedo entre sus costillas y escarba sin que sea necesario escarbar mucho tiempo. Me sabe el paladar a hiel cuando conozco el mezquino comportamiento que ha mostrado  Bob Dylan en su relación con la Academia Sueca. Hace tres meses, la institución tuvo a bien concederle el Nobel de Literatura, un galardón que sembró una cierta  polémica pues si bien unos recibieron de muy buen grado el nombramiento sosteniendo que los textos que Dylan escribió para sus canciones son verdaderos poemas   urbanos impregnados de sustancia renovadora y capaces de otorgar voz y voto a la que un día se llamó “contra cultura”, otros reniegan del Dylan tenido por juglar moderno y suponen que no hay en él un literato en el más noble sentido de la palabra sino un músico que a su música le pone letra. En su día estuve yo sopesando honradamente la respetabilidad de ambas tendencias  y no llegué a un acuerdo así que abandoné el dilema. Mi inglés no es suficientemente bueno ni mucho menos para entender a Dylan sin necesidad de ayudas, y sospecho que a un poeta hay que leerlo en su idioma. Nunca he sabido cómo se las arreglaron para traducir  la lírica de Federico a otras lenguas y sospecho que  aquellos de “dos golpes de sangre tuvo y se murió de perfil, viva moneda que nunca se volverá a repetir” no hay dios que lo vuelque al inglés. Son cosas mías.
Pero tres meses después de que Dylan fuera recompensado y tras darle la espalda al galardón y contestar a la Academia con el desprecio en forma de silencio administrativo, el cantautor ha decidido dar marcha atrás y ha enviado a Estocolmo su discurso de aceptación del premio. Desgraciadamente nada ha cambiado en el carácter agrio y displicente del artista, si bien esa extendida sospecha  de que es uno de los más grandes tacaños de la Humanidad se concreta. Es la única manera que tiene de cobrar los 820.000 euros con los que está dotado el premio.
Supongo que no hay otra razón. Por mi parte y a la vista de tanta usura y tanta miseria, ya se lo hubiera retirado. Hasta a los dioses les huele con frecuencia la entrepierna.