El palo del avispero

El palo del avispero

El resultado de las elecciones en Andalucía  ha sido como el palo que se introduce en un avispero. Ha agitado  el panorama político introduciendo factores que hasta el momento nadie había tenido en cuenta. Tezanos, desde su atalaya del CIS, había trazado un  panorama idílico para esa izquierda que lleva en el poder casi cuarenta años, jurando a sus jefes y allegados que nada cambiaría. Pero las urnas han dicho todo lo contrario y ya se ha montado el lío. La consolidación de Vox ha hecho estragos, la apetencia de cambio lo ha puesto todo patas arriba, y un futuro inmediato sin gobierno socialista al sur de Despeñaperros adquiere fisonomía de posible. 
Uno de los que peor ha encajado esta jugarreta del destino ha sido Pablo Iglesias, al que el descalabro de su marca blanca para Andalucía le precipita hacia una situación de alarma grave. Iglesias vivía tan agustito en su mansión de la serranía de  Madrid que no se planteó ni por asomo recurrir a una solución alternativa si las urnas le volvían la espalda. La molicie desgasta mucho paradójicamente, y una vida regalada en una mansión de ricos erosiona, entorpece la reacción,  endurece la cintura y apaga los reflejos. Por eso se quedó tieso cuando las urnas le advirtieron de que estaba perdiendo a chorros el favor popular que ganó un lejano día cuando era el animador cultural de un movimiento iracundo nutrido por desheredados de la fortuna para quienes improvisó sobre la marcha un mensaje inspirado en el mensaje de un tal Jesucristo al que añadió cuatro conceptos cazados a lazo en el catecismo comunista de la América Latina.
Lo malo fue que los cazadores de la casta se hicieron casta a su vez, se pusieron lustrosos y se aburguesaron en un tiempo récord, afrontando en semejante ropaje el compromiso  electoral de Andalucía. Y Andalucía ha dicho no, obligando a Pablo Iglesias a meditar un nuevo giro en su prédica que implica, por ejemplo, negarse a sí mismo o lo que viene siendo su equivalencia, renegar de su pasado compromiso profundo y vital con Venezuela.
Si yo fuera Pablo Iglesias y fuera suficientemente consciente del ridículo que está haciendo, no solo abjuraría de mi pasado venezolano sino que también lo haría de mi presente en la Navata. Y empezaría a preocuparme seriamente por mi futuro en el partido. Pero yo no soy Pablo Iglesias, afortunadamente.