El conflicto de Piqué

El conflicto de Piqué

Parece mentira que un cuerpo tan grande y tan maduro como el de Gerard Pique lo corone un cerebro tan mal aprovechado. Es la del central del combinado patrio  una estructura de caballero ya en el límite de la juventud gobernada por la masa gris de un escolar. Un escolar además, caprichoso y obstinado que, como todos los colegiales zangolotinos, disfruta haciendo trastadas, sintiéndose el más listo de la clase,  y tirando la piedra y escondiendo la mano. La conversación mantenida por el capitán de la selección española de fútbol con los periodistas que le hicieron corro tras el partido contra Colombia –es el capitán no cualquier otro aunque a lo mejor parte de la culpa de este permanente conflicto la tiene quien le ha entregado el brazalete-  registra todas las contradicciones presentes en el comportamiento de un sujeto que, paradójicamente, culpabiliza precisamente a la prensa de las situaciones que él mismo se encarga de ir sembrando. Parece un chiste sin mucha gracia, pero cuando las muestras de animadversión hacia su persona parecen aquietarse y la serenidad vuelve al grupo aunque sea cogida con alfileres, una nueva salida de pata de banco rescata el debate y añade un puñado más de pólvora al barril sobre el que está sentada la selección, cuestión que Lopetegui sabe. Antes del encuentro, el seleccionador y el defensa caminaron uno al lado del otro  y el dedo alzado del primero dio a entender lo que todo el mundo sospecha. Que Lopeteguí advirtió a Piqué que se abstuviera de liarla otra vez. Piqué, como es proverbial en él, no le hizo ni caso.
Lo más desagradable de este escenario triste y sin la menor gracia que Pique monopoliza sin razón si además y como él mismo adelantó, está próximo y por propia decisión a abandonarlo, es esa torticera manipulación de los hechos que propone echar la culpa de todo este embrollo agotador y desgraciado a los periodistas que  preguntan a Piqué a la salida del vestuario cada vez que el jugador monta uno de sus repetidos espectáculos. Piqué tiene un pensamiento y un modo de comportarse que crea respuestas, y esas respuestas se producen en muchos campos de España. Si Piqué se considera legitimado para expresarse también los están los parroquianos en las gradas. Y, por supuesto, los periodistas. Esos a los que Piqué culpa, intimida, ningunea y deja plantados micrófono en mano. El conflicto no lo crea la prensa sino él mismo, aunque luego se empeñe en manejarlo.