El cadáver exquisito

El cadáver exquisito

Nunca me pareció Salvador Dalí un sujeto digno de gran respeto. No le he tenido gran aprecio como pintor y como persona me ha parecido incluso de condición más dudosa que como artista. Sospecho que fue un tipo listo y muy hábil para obtener partido de su propia naturaleza y no le culpo por ello. Quizá fuimos todos los demás los que nos dejamos  enredar por sus grandes virtudes para la comedia, su lenguaje grandilocuente y muy original para la época, y aquellos visajes de visionario febril y calenturiento que soltaba palabras al buen tuntún sin que necesariamente hubieran de tener un sentido lógico. Dicen los que más saben sobre su figura y están libres de condicionamientos, que Dalí era un personaje que se había inventado Salvador Dalí el día en que resbaló por unas escaleras y comprobó que se arremolinaba más gente en su derredor que cuando plantaba el caballete en mitad de la calle y se dedicaba a darle a los pinceles. Aseguran algunos de sus biógrafos más conspicuos que el día siguiente hizo la prueba y se tiró por las escaleras adrede, comprobando que los resultados eran incluso más satisfactorios. A partir de aquel momento, supo que tenía un talento especial para cautivar sin necesidad de un gran esfuerzo. El Dalí joven y creativo de la Residencia de Estudiantes, el amigo de Lorca al que rechazó como enamorado con cajas destempladas, el colaborador de Buñuel en la puesta en escena de “El perro andaluz” -el film más ilustrativo del surrealismo y su famoso ojo cortado a navaja que pertenecía al parecer a una vaca- dejó paso a otro Dalí menos noble y más extremo, que jugó a visionario acabó cautivando a personalidades del pop de vanguardia de la época como Mick Jagger o Andy Warhol, e hizo de la comarca del Ampurdá un referente mundial jugando con conceptos  oníricos, disparates cósmicos, discursos delirantes y actitudes  en permanente polémica como cuando ofreció una conferencia vestido de buzo o cuando disertaba sobre la Virgen María.
Pero aparte de su estrambótico comportamiento esta decisión de un tribunal de Madrid que ordena la apertura de su tumba para obtener muestras de ADN me parece un despropósito y sospecho que algunas decisiones judiciales deberían tener más respeto y más miramiento. El número de circo entrando a saco en su mausoleo se me antoja improcedente. Por lo menos…