Difícil convivencia

Difícil convivencia

Entre cincuenta y sesenta usuarios de la bicicleta fallecen todos los años en las carreteras españolas arrollados por automovilistas, una cifra que para mayor consternación,  se mantiene estable. Si bien los accidentes de tráfico y sus víctimas se han reducido paulatinamente a la mitad gracias a las nuevas disposiciones y en virtud de un alto grado de vigilancia, la cifra de ciclistas muertos apenas varía. Se trata por tanto de un escenario trágico que hay que tratar de paliar como sea. Lamentablemente además, en esta última etapa del año las situaciones que han precipitado muertes han sido particularmente dramáticas. De hecho, en un mismo tramo de carretera se han producido recientemente dos siniestros mortales protagonizados por conductores que, tras una noche de fiesta, volvían a casa borrachos o drogados. A pesar de que la cifra de siniestros con final trágico es muy similar año tras año, la alarma social se ha disparado. Los hechos son muy graves y urge afrontar este problema de tal modo que la bicicleta y el automóvil sean capaces de convivir sin que sus encuentros en carretera acaben de un modo tan trágico, No es sin embargo una materia fácil ni la solución del problema puede alcanzarse de un día para otro. Todo pasa, sin embargo por un ejercicio de renuncias que afecta a ambos colectivos. Particularmente y por encima de estos episodios desventurados en los que el conductor se pone el volante atiborrado de droga, no creo en modo alguno que el automovilista salga a la ruta con ánimo de causar daño alguno a los ciclistas. Por tanto, no creo que sea justo culpabilizarlos estrictamente a ellos de estos desaguisados y hora es ya de conseguir un punto de encuentro en el que exista acuerdo y coincidencia para tratar de construir un futuro.
Sospecho que, aceptando por supuesto que componen el eslabón más débil, también los usuarios de la bicicleta han de hacer examen de conciencia y meditar muy profundamente. Sobre todo, en su comportamiento por las ciudades. Ciclistas que pedalean por las aceras, que se saltan semáforos y pasos de cebra, que circulan culebreando, que no cumplen reglas elementales de seguridad…
La carrocería de un ciclista es su propio cuerpo y es en este punto donde se declara su lamentable pero inapelable desventaja. Y sobre ello hay que meditar. Lo dice uno que se rompió un brazo por cinco sitios montando en bici.